Desafinado

En la vida existen coincidencias, esos momentos de conjunciones que los científicos se empeñan en negar y los aficionados a la astrología solo saben enfatizar. Entre unos y otros, Mallarmé dijo aquello de “Un coup de dés jamais n’abolira le hasard”. Esto viene a cuento de que este fin de semana he estado leyendo a Thomas Bernhard, una vez más, sí, aunque en cierto sentido por primera vez. He estado leyendo su teatro, que tenía apartado, acaso esperando una ocasión propicia. Un momento como este, de lecturas que al final terminan siendo flojitas, débiles, y uno necesita algo fuerte para mantener el tono vital. Bernhard, junto con Samuel Beckett, por ejemplo, o Emil Cioran, son tónicos que deberíamos prescribirnos cada cierto tiempo. Contra la melancolía, la depresión, el spleen, etc, estos escritores son lo indicado. Habrá quien los rechace. Es comprensible en una sociedad donde hemos caído ya casi en el punto cero de la voluntad afirmativa de la vida.

Leía este fin de semana, como iba contando, el teatro de Bernhard, en concreto El ignorante y el demente y La partida de caza. Dos obras sobrias, reducidas a la mínima expresión y, por esa concentración, sin embargo, cargadas con una fuerza brutal que sigue resonando después de la lectura (aunque qué duda cabe de que la representación de las mismas sería lo mejor).

El domingo, en vez de quedarme en casa y atacar – en el sentido musical – otra de las obras de teatro, decidí ir al cine a ver El último concierto. Trata de los problemas de un cuarteto. Situados en un momento crítico, el cuarteto está a punto de desmoronarse por obra y gracia de los egos de cada uno de los intérpretes (de todos menos de cellista, el de más edad de entre todos ellos, por cierto, el único que de veras quiere que la formación continúe).

La película gira en torno a la última interpretación del cuarteto de cuerda op. 131 de Beethoven. Las interpretaciones y, en algunos casos, breves explicaciones sobre el cuarteto ayudan a prestarle más atención, a entender si acaso un poco más, esa obra tan fascinante que uno puede estar escuchando sin pausa un días tras otro. Las referencias que al principio de la película se hacen a Four Quartets de T.S. Eliot, son interesantes y abren una nueva dimensión.

Sin embargo, creo que una referencia a Bernhard, a esas novelas suyas sobre el genio, la música y la enfermedad (también presente en El ignorante y el demente) habrían ayudado más. Al fin, la película y varias de las novelas de Bernhard tratan de lo mismo. Con la gran diferencia de que el humor de Bernhard está ausente en la película que bascula hacia el sentimentalismo y la tragedia, sin caer nunca en ninguno de los dos. La película se plantea como un drama moral y en lo visual busca la esteticización de la ciudad hasta tal punto de que Manhattan parece en algunos momentos una ciudad centroeuropea.

Hay un algo que la une, ya digo, la música, la idea de que la literatura o el cine pueden componerse como una serie de movimientos en las que variaciones y temas principales o secundarios conforman la estructura. Quizás también la tristeza que, a decir de los entendidos, ocupa las obras del último Beethoven, están presentes, en una quizás con un cierto derrotismo, del que no termina de salir, y en otro caso, como una carcajada sardónica que el maestro lanza a la cara de todos sus oyentes, o lectores en este caso.

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