Perdido para el mundo

De la lectura de Desolate Angels, una de las muchas biografías de Jack Kerouac escrita antes de que la moda editorial inundara las librerías con algunas de dudoso valor y otras que se aprovechaban de la fama repentina – o quizás fermentada durante años — del escritor, un saca una sensación de tristeza bastante grande. No se debe a las circunstancias de la lectura — realizada en sus fases finales entre el avión que cruzaba husos horarios para amanecer en breves horas ni al insomnio que me ha permitido acabarlo en menos tiempo del que esperaba — la inmensa extensión del insomnio y su claro silencio en la casa.

Kerouac, quien podría haber sido un gran escritor, se vio hundido por la incapacidad para soportar una fama que le sobrevino repentinamente, después de años de que lo ignoraran, los ningunearan, lo criticaran a veces inmisericordemente. De la noche a la mañana, según los que lo ignoraban todo de su escritura, Kerouac se vio lanzado a la fama con su famosísima En la carretera. En realidad, la novela era el trabajo de seis años de escritura, reescritura, peregrinaje por editoriales. En cuanto apareció en las librerías, la gente creó el mito del eterno vagabundo americano. A Kerouac esto le hirió porque él ya estaba en otra fase de su literatura, pero los lectores querían la imagen del nómada que no tenía cabida en la sociedad americana de los año sesenta.

Es cierto que Kerouac era un extraño en esa sociedad. Era el producto de la América de los años 40 y 50, y los años 60 le pillaron con el paso cambiado, o quizás simplemente ni le interesaba ni le apetecía entender esa sociedad que, en ciertos círculos, llegaba casi a idolatrarle hasta el punto de peregrinar a su casa — a sus varias casas sucesivas porque su vida fue, eso sí, errabunda. (Cuenta el biógrafo la triste anécdota de que un día, poco antes de que muriera después de un vómito de sangre, una jovencita hippie de unos 20 años se acercó la casa de Kerouac en Lowell, donde entonces vivía. Resultó ser su única hija, de quien no había querido saber nunca nada. Hablaron y Kerouac no le dijo nada de lo mucho que los hippies le disgustaban.)

Cuando la fama le llegó, no supo qué hacer, perdido como ya estaba en el mundo, y se dedicó a beber aún más de lo que ya bebía por entonces, y a pasar las tardes en los bares de barrio de allá donde viviese, entre gente que no había oído nada de él, o antiguos compañeros del instituto. Mientras Allen Ginsberg, Gregogy Corso, William Burroughs o Peter Orlovsky peregrinaban por Centroamérica, Europa y el Magreb, Kerouac se encerró en su mundo de la juventud, un fantasma ya de sí mismo con apenas treintaicinco años, y no se atrevió a salir de él, a abandonar a su madre, la vida de bares americanos, sus infatigables charlas sobre la beatitud y el budismo.

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