Tormenta de verano

Cerca de la Universidad entamos en Starbucks, una cadena americana de cafetería que aquí adquiere todo su significado pero que en Madrid, donde he estado en alguna de ellas, lo pierde totalmente y queda como algo fuera de contexto. No habría que entender esto como un llamamiento a la pureza cultural y a la eliminación en nuestras vidas de todo aquello que no sea esencialmente nuestro. Nos quedaríamos, entre otras cosas, sin pantalones vaqueros, sin música pop o rock, sin ordenadores o sin refrescos. Las novedades se adaptan a las culturas concretas, unas antes y otras después, y las que no se adaptan, simplemente desaparecen.

Hay un continuo fluir de personas que entran y salen de la cafetería, encargan lo que quieren y algunos hablan con los camareros. Las breves y superficiales conversaciones de cafetería. Algunos se sientan en las pocas mesas que quedan libres. El volumen de la música no molesta, y la mayoría lee o estudia, algunos conversan en voz baja – una voz mucho más baja que en España – y que permite que la gente se sienta relajada y pueda concentrarse.

Afuera el cielo ha ido encapotándose. Por la mañana estaba totalmente despejado, y solo pequeñas nubes algodonosas adornaban el azul límpido. Después de varias horas de trabajo en la biblioteca hemos salido y el panorama había cambiado, al menos el panorama en el cielo. A un lado, nubes densas y grisáceas, casi plomizas; al otro, aún el color cielo de vaporosas nubes inofensivas.

Hemos entrado en esta cafetería para protegernos de la lluvia que ya empezaba a caer. Como todas la tardes, por otro lado, porque aquí a eso de las tres de la tarde se inicia una tormenta veraniega, un aguacero intenso, aunque no torrencial, que dura una media hora. Luego casi siempre vuelve a despejarse,  y del asfalto y de la tierra suben el calor y el olor húmedos de después de la tormenta. Enseguida se seca el macadán de las aceras y la vida continúa como si nada hubiera sucedido o como si estos chubascos fueran algo normal con los que han de convivir en algunas estaciones y han de hacer planes para que no les interrumpan la vida.

Al acabar la tormenta, la gente vuelve a salir a las sillas y los sofás de la terraza para dejarse acariciar por ese aire aún tibio y para oler los infinitos matices de la tierra húmeda.

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