Distancias

Estoy a más de doce horas de vuelo en avión de distancia de mi casa (sin contar con las horas muertas que uno tiene que pasar en los aeropuertos esperando los enlaces, el paso por la aduana o por la oficina de inmigración) y parece que apenas me hubiera alejado. El correo electrónico, el teléfono (que lleva ya tanto tiempo acercando las voces) pero, sobre todo, la posibilidad de leer la prensa diariamente, hace que la distancia no exista. En mi caso además, la diferencia horaria juega en mi favor porque leo los periódicos que en España serán del día siguiente cuando en España es aún noche cerrada.

Pienso en los exiliados españoles, aquellas personas que tuvieron que marcharse a Francia, a Italia, o más lejos aún, a México, Puerto Rico o Estados Unidos. Casi todos acabaron consumidos, en mayor o menor medida, por la nostalgia de haber perdido un país. En casos como el de Luis Cernuda o el de Rafael Alberti, dio poemas muy buenos, esos últimos poemas de la vejez, que para algunos poetas es como una segunda juventud, solo que más sabios. Otros, imagino, se consumirían en su pena.

Hoy, sin embargo, eso ya es cada vez más difícil, no solo por la estabilidad democrática del país, reforzada por su pertenencia a la Unión Europea (de la que algunas luminarias quieren sacarnos), sino porque ya el tiempo y el espacio en determinados aspectos han sido abolidos. Antes había que esperar dos o tres días, a veces incluso más, para poder leer algún periódico español si estabas fuera del país. Hoy con solo abrir internet tienes a tu disposición todos los periódicos, incluso los regionales.

El viejo exiliado, siempre a la espera de noticias de España, el que esperaba el periódico o la revista, el que repasaba los diarios extranjeros para encontrar alguna noticia, ese ya ha pasado a la historia. Hay una nueva sentimentalidad cuando uno sale de España durante una temporada más bien extensa en la que la nostalgia queda amortiguada por la cercanía, siquiera sea la escrita.

Luego están, también, esos pobres exiliados posmodernos que se marchan de España por discrepancias ideológicas con el Gobierno. Los exiliados de principios de siglo marchaban a otros países en busca de libertad huyendo de la dictadura franquista (con la excepción de los comunistas que marchaban al paraíso en que se había convertido la Unión Soviética). Los posmodernos huyen de la democracia en busca de dictaduras o regímenes autoritarios. Esta es, también, otra notable diferencia entre el ayer y el hoy.

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