Paseo por la mañana

Me gustan las mañanas en esta pequeña ciudad, cuando salgo temprano y me encamino por la cuesta que costea el parque hacia la universidad. Hace un fresco agradable que nada tiene que ver con el frío polar que luego nos espera en la biblioteca. Camino sin prisa mientras observo los árboles, y me maravillo de cómo pueden mantener ciudad y naturaleza juntas de una manera tan natural. Puede parecer simple, pero es bien fácil saber que es bastante complejo, complejo que el asfalto no termine de cubrirla tierra y de expulsar la vegetación, complejo también que quienes prefieren el mundo animado no intenten arrinconar el asfalto. La naturaleza aquí incluye también esa parte construida.

El paseo suele durar unos veinte minutos. El tiempo exacto para no cansarme ni perder demasiado tiempo y también perfecto porque hago ejercicio; el final, siempre forzado al subir los últimos metros empinados de la colina sobre la que se asienta la universidad. Durante el paseo me encuentro con otros paseantes, aunque en realidad no lo seamos porque todos tenemos una meta muy clara, y ciclistas que suben casi sin resuello o bajan con cara de velocidad pero que frenan y se apartan si tienes tú la preferencia. En eso, también, demuestran una extraordinaria virtud cívica. La calle no es solo de ellos, es de todos, y hay que comportarse teniendo siempre presentes a los demás.

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