Lealtad

Lealtad. N. Dícese de la actitud de la persona que, a pesar, de las pruebas que la evidencia muestra, sigue sin reconocer que su grupo ha cometido un error, o un delito, o que, en suma, no son lo que decían ser.

Esto suele ocurrir en política. Aquí si se dice que una persona ha de ser leal hasta el final significa que ha de aceptar todo lo que el jefe del grupo impone y que no ha de atreverse a discutir ni a poner en tela de juicio ninguno de los actos que el jefe, por medio del grupo, ha llevado a cabo. En algunos casos, un segundón decide actuar por su cuenta y también reclama la lealtad que los demás otorgan al jefe.

Curiosamente, esta actitud coincide con la segunda acepción que da la Real Academia española: “2. f. Amor o gratitud que muestran al hombre algunos animales, como el perro y el caballo.” En este caso, el animal es sustituido por la persona leal, que queda reducida a ese estado y consideración animal. No deberíamos, sin embargo, ver en ello un gesto despectivo hacia la persona leal vista la consideración que los animales tienen en determinados círculos, actitud que va extendiéndose cada vez a más grupos y que pronto permitirá cambiar esta acepción para que el amor o la gratitud sean las que los hombres muestran a los animales.

Se da la casualidad de que la tercera acepción de la voz lealtad reza así: “3. f. p. us. Legalidad, verdad, realidad.” Pero que la lealtad tenga que ver con la realidad y la verdad y no con la actitud obediente y acrítica de quien obedece al jefe en cualquier ocasión, es algo que no tenemos en cuenta y que incluso, en breve puede desaparecer del diccionario.

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