Juventud, divino tesoro

Se ha muerto la semana pasada Elías Querejeta, y se ha muerto joven. A pesar de que hubiera nacido en 1934, Querejeta mantenía un espíritu jovial, al que se le unía la experiencia de la madurez. Una semana antes, creo, concedieron a Antonio Muñoz Molina el premio Príncipe de Asturias de las Letras, y el jurado, y los periodistas como obediente corifeo, señalaron la juventud del ganador, juventud comparada con anteriores galardonados. Per aquí el espiritu, sin embargo, es el de alguien con mucha experiencia.

Los periodistas, y con ellos, los jurados, los presidentes, los ministros, los directores de la cosa y de la nada, todos, señalan siempre la juventud del interfecto. ¡Como si la juventud fuera un valor absoluto y no relativo!, ¡como si la juventud significara algo!, ¡cómo si la madurez y la experiencia no fueran más importantes!

¡Como si esos que tienen la palabra juventud en la boca constantemente como si fuera un concepto o un teorema no estuvieran envejecidos ya en su ánimo!

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