Feria de Libro decaída

Este año tampoco he ido al recinto donde habían colocado la Feria del Libro. Desde que la desplazaron a la carpa nueva, más allá del río, no me apetece demasiado pasarme por allí y entrar en ese lugar, mal acondicionado y con peor acústica, según cuentan los que han ido. Libreros y editores también han excusado su asistencia. No todos. Algunos van, y es normal que vayan, a vender libros, que es de lo que se trata. A mí no me importa mucho que la hayan llevado a otro lugar, fuera del centro de la ciudad. Tengo la costumbre de pasarme por las librerías varias veces al mes; también bajo a la biblioteca con mucha frecuencia.

Hubo un tiempo en que me apetecía ir a la Feria. Estaba en el Campo Grande y llevaban a bastantes escritores interesantes para que presentaran sus libros y departieran con el público. Deberíamos destacar, ahora que estamos tan preocupados por los caudales públicos y por su despilfarro, que nunca lo hubo en la época en que Agustín García Simón la dirigió.

Agustín es un hombre con coraje y ganas de trabajar, alguien que conoce muy bien el medio editorial y a quien le gusta el contacto con los escritores, y con los lectores pues no en vano ha escrito varios libros. Es un hombre también con sus filias y sus fobias muy marcadas, y que solo la educación atemperan. Hay que decir que cuando fue el director de la Feria, cultura y negocio se complementaban, y el Paseo del Príncipe, o el Paseo Central, se llenaban de gente curiosa, gente que hojeaba los libros, que se acercaba a escuchar a los escritores – todo escritor que tenía algo interesante que decir, más alguno con poco que contar pasó por allí. Era la pequeña ciudad de provincias que decidía salir a pasear por las tardes cuando comienza la primavera, casi siempre tardía. La ciudad no era solo para los turistas ni era un escaparate en el que solo se puede mirar a distancia las cosas pero nunca tocarlas. La ciudad, en esos días, era para sus habitantes, y para quienes quisieran acercarse también, por supuesto. La gente vivía en la ciudad, paseaba por sus calles, se demoraba en las aceras, charlaban.

Los caprichos urbanísticos llevaron al alcalde a encargar una cúpula que emplazarían en una zona alejada de la ciudad entre varias carreteras principales y sin apenas paseos alrededor. Los libreros en su mayoría han dejado de asistir y entre los editores apenas se ven otros que no sean los institucionales. Mientras tanto, la vida en la ciudad discurre por los aledaños del Campo Grande y la Plaza Mayor.

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