Vacíos

Por la mañana suelo trabajar en casa. Por la ventana, estos días, entra la luz clara de invierno, de un invierno que quizás ha venido con demasiada fuerza algo antes de lo acostumbrado.

De repente en medio de la rutina de los días observo que en el edificio de enfrente las persianas están bajadas, no solo un día sino ya varios. Me fijo algo más y observo que el tendedero ya no está en la terraza y que el montón de objetos que se apila a un lado no cambia de forma ni de orden (o desorden).

Unas semanas después alguien que no he visto nunca sube conmigo en el ascensor. Se detiene en la misma planta en la que yo vivo y por el largo pasillo llega a una puerta cercana a la de mi piso. Abre con una llave y cierra. Caigo entonces en la cuenta de que a los anteriores inquilinos llevaba un tiempo largo sin verlos.

Hay veces que en las ventanas de algunos pisos veo carteles que anuncian su venta o que están de nuevo disponibles para que alguien los alquile. También hay otras señales, mudas, silenciosas, señales de que los bloques se van vaciando, no como antes por las defunciones de sus dueños sino porque la gente ya no tiene trabajo y no puede alquilar el piso y han de marcharse a otras ciudades o a otros países; algunos han de hacer el camino inverso al que hicieron hace diez o quince años, cuando vinieron a España para trabajar, llenos de ganas, ilusiones y fuerzas.

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