Antes de la lluvia

 

Escucho “Antes de la lluvia”, la versión que grabaron en un teatro de Madrid. Antes de la lluvia o de la tormenta el tiempo se detiene. En realidad es solo una impresión que tenemos. Esperamos el desastre y creemos que el tiempo ya no discurre.

Veo el vídeo y veo a un hombre cincuentón, bien cuidado pero que ya no es sombra de lo que fue en su juventud. Mantiene la pose y el histrionismo, pero la agilidad y la frescura las ha perdido.

 

Agradezco que la gente pierda frescura, esa tonta superstición de la juventud y de quienes se resisten a dejar de ser jóvenes. La frescura en la gente me agobia, en realidad me agrede al igual que los perfumes muy intensos lo hacen. En los adultos ya entrados en años la frescura no se distingue de olores rancios como el de la cebolla que se ha pegado a la piel.

 

El tiempo pasa y el momento previo a la lluvia o a la tormenta suele pasar desapercibido. Solo cuando reflexionamos cargamos a esos segundos, o minutos, quizás incluso días, con un significado que nunca tuvo ni pretendió tenerlo. Antes de la lluvia el tiempo está vacío y solo su paso lo llena a costa de que otras cosas o personas salgan de escena. La vida es eso, unos que entran, otros que salen.

Pedimos a la gente que conserve su frescura y soñamos con las ciudades como las conocimos de pequeños. No queremos que cambien estas, pedimos a las personas que estén en permanente estado de novedad. Y olvidamos que donde estamos es la vida, no un museo o un teatro.

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