De la raquítica cultura española

Días atrás falleció Agustín García Calvo. Los periódicos han publicado obituarios que, tengo la incómoda sensación, son de ocasión y compromiso. García Calvo fue un personaje singular, un filósofo, filólogo, escritor y traductor, que estuvo siempre ahí pero nunca en primera fila, esa línea que ocupan quienes tienen una verdadera proyección social. Lo de García Calvo era demasiado suyo para que gozara del favor multitudinario. (Entiendan favor como seguimiento crítico, que , tengo la impresión, ni sus más adeptos llegaban a cumplir. En otro articulito habría que desarrollar la veneración del discípulo por el maestro y la incapacidad o negativa por miedo a la traición de llevar la contraria al maestro. Algo que, por cierto, no hizo Fernando Savater.)

Continúo con lo que quería exponer, que los discípulos, en este caso, es cosa menor. A García Calvo, ahora recordado con beatitud, se lo llevará el paso del tiempo. Todos los que asistieron a  sus clases hablan de él maravillas. ¿Realmente logró formar una escuela de filólogos clásicos?, ¿verdaderamente sus estudios y traducciones sobre los griegos perdurarán más allá de un par de décadas? No pongo en duda la calidad de sus traducciones, subrayo la inconsistencia de la cultura en España. Estoy seguro de que dentro de dos o tres décadas alguien hará chanzas de la “original” y caprichosa ortografía de Agustín García Calvo. Lo hará porque ignora, al contrario que García Calvo, la gramática latina, las primeras gramáticas castellanas, las leyes de la evolución del castellano, etc. Cuando se ignora mucho, todo parece sorprendente y uno puede creerse original. No era el caso de García Calvo, que poseía un conocimiento amplio y crítico de varias lenguas y por eso mismo podía proponer una ortografía castellana coherente con esa historia de la lengua castellana.

Lo que he dicho de sus estudios lingüísticos, lo podemos aplicar también a su poesía, o a sus traducciones, que nunca estuvieron marcadas por lo que la tradición traductora había señalado. Partía en esto como en tantas otras cosas de la noción de pueblo. Luego, con coherencia, desarrollaba su poesía.

Esto puede parecer un homenaje, y no lo es. Lo respetaba como filólogo, como traductor, me gustaba como conferenciante y articulista, sobre todo porque casi siempre me “soliviantaba” y siempre veía en él una gran inteligencia. Esto es una reflexión sobre la cultura y la educación en España, que se siente obligada a rendir homenaje a las personas cuando fallecen pero no pone los medios necesarios para que el conocimiento se transmita. (En este punto he de dejar bien claro que, desde luego, lo que no estoy pidiendo ni insinuando es la creación de una Fundación Agustín García Calvo.) Las cosas van por otros derroteros y solo si logramos que el sustrato cultural hispano deje de ser tan raquítico lo lograremos.

Por último he de dejar constancia de mi tristeza después de haber leído dos declaraciones. Una de ella es de la alcaldesa de Zamora, quien decía que desde el Ayuntamiento se haría todo lo posible para que García Calvo recibiera las honras fúnebres que se merecía, y la otra es el recuerdo que el Presidente de la Junta de Andalucía hizo de él porque fue catedrático en Sevilla, cuando eso de la cátedra en Sevilla fue algo circunstancial. “Libre te quiero” cantaba Amancio Prada. Los versos eran de García Calvo. Y, sin embargo, muerto no lo dejan libre.

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