Sobre los diccionarios

Sobre la mesa del despacho, extendido, como si esperase a que alguien le confiera sentido, el Diccionario histórico y crítico de Pierre Bayle aguarda en la mañana oscura aún casi noche. Por primera vez una editorial asume el proyecto, hercúleo en más de un sentido, de traducirlo completo en España. Adversa ha sido su fortuna hasta ahora. Los tiempos, negro el futuro, permite albergar escuálidas esperanzas sobre su finalización. No es tiempo de proyectos a largo plazo ahora que todo se va cerrando y que con la supervivencia del día a día tenemos más que suficiente. Sin embargo, a pesar de todo, alguien se ha empeñado en, por fina, ponerlo al alcance de los lectores españoles.

El Diccionario es hijo de una época y de la obstinación de su autor. Su propósito es escribir un libro que ponga en claro los errores que se han ido acumulando en las biografías de personas principales. No se conforma con transmitir el saber recibido; se propone expurgarlo de las inexactitudes y supercherías que el descuido de unos y la mala fe de otros ha ido adhiriendo al cuerpo fundamental del saber. No se entiende esta aventura – pues algo tiene mucho de andanza inquieta – sin el trabajo que por aquel entonces había llevado a cabo David Hume, o sin el espolique que el ejemplo de John Locke y, anteriormente, de Baruch Spinoza representaban. La tarea hermenéutica que realizó Spinoza con la Biblia ayudó en gran medida a la secularización de la historia hasta entonces divina. Quizás sin la ambición que lo animó, y que le valió el mote de mal cristiano y peor judío, muchos de los avances que fueron viendo los siglos posteriores habrían tardado más en producirse. Una empresa tal está fuera de lugar en nuestra época. Valoramos la creatividad – sea el que sea el significado que le demos a la palabra – y damos excesiva importancia a los balbuceos incoherentes y a las torpes tentativas de infantes, a los que, de paso, colocamos en un lugar elevado que en modo alguno les corresponde. Paciencia, rigor, exactitud, gusto por la búsqueda de la información correcta, cotejada con sus fuentes, esto es lo que debemos buscar y no la absurda creatividad del principiante que, en la inmensa mayoría son gestos cargados de ignorancia.

Pero vuelvo a mi tema, los diccionarios. Pierre Bayle escribió uno de los primeros diccionarios críticos cuyo propósito más que avanzar en los conocimientos del momento era expurgarlo de toda falsedad. Así, al restituir solo lo demostrable por los hechos y por los testimonios históricos, despojaba de todo aquello que, con el correr de los siglos, se había ido añadiendo y que carecía de todo fundamento. Las supersticiones no surgen como tales; antes bien, se van formando mediante un proceso de sedimentación y de frecuentación. Las transmisión de informaciones que solo se sustentan en la tradición es una de las vías más apropiadas para que broten las supercherías.

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Un hombre común

Un hombre está sentado en la cocina de su piso. Viste un ridículo batín a cuadros, que lo vuelve algo rancio. La mañana es desapacible, grisácea, casi en blanco y negro de tan apagados que están los colores. El hombre ha acabado el desayuno, mira por la ventana y se levanta. Saca de la nevera algunas verduras y se dispone a preparar un caldo. Mientras limpia las verduras y las echa en la cazuela, se acuerda de Marcello Mastroiani. Pocos actores mejor que él. Se acuerda de dos películas: Sostiene Pereira y Una giornata particolare, que tuvo la fortuna de ver en versión original.

También la hombre le preocupa el ascenso de los populismos. También se encuentra alejado de la corriente que surca hoy en día las ciudades, y piensa que todo eso no puede traer nada bueno.

Sostiene Pereira

Una giornata particolare

Parón obligado

Durante unos días he traspapelado la libretita en que apunto ideas que luego vienen a parar aquí. Estaba casi totalmente convencido de que la había perdido pero no me apetecía empezar otra de las varias que tengo guardadas. Por eso he estado “en barbecho”. La verdad es que lo agradezco porque, con una tarea menos, he podido holgazanear más, y eso ha significado que he tenido más tiempo libre para que la mente divagara. He esto pensando en dos cosas:

1.- Cómo es posible que la frase franquismo pop cause entre los asistentes a Cosmopoética malestar. Luego uno lee el artículo y lo entiende: los términos franquismo y su derivado, franquista, han dejado de ser descriptivos para convertirse en sambenitos. El sambenito, todos lo sabemos, actúa gracias al pensamiento irracional y acrítico. Si a ello se le une que muchos de los asistentes desconocían el libro de Juan José Lanz, Franquismo pop (aunque la ignorancia no les priva de opinar campanudamente), todo se entiende bastante bien. En otros países hay otras palabras que son tabúes.

2.- La foto sorprende. Es 1937, y está tomada en Valencia. Durante la guerra civil. Había gente, Cernuda entre ellos, que no quería dejar de disfrutar de la vida. Todos hacemos lo mismo, aunque luego en público nos vestimos con las sayas carmelitas o de luto riguroso. La sociedad manda.

Del populismo

La clara mañana de domingo en que nada pasa. En la mesa, la poesía completa de Wallace Stevens. Un hombre discreto, el poeta con mayor potencia de su tiempo en América. Lejano, solitario aunque luego tantos lo siguieran, elegante.

Aquí, sin embargo, graznan, se entrometen, dicen los que no hacen y piensan lo que no dicen. Es un juego de apariencias en que el poeta, el pobre poeta, que juega a ser divino y popular, cacarea aquello que el público quiere oír.

El señorío frente a la mansedumbre. Se entiende así que pocos, muy pocos, pueden llegar a tener la fuerza de Wallace Stevens, de quien unos versos, dos o tres apenas, elegidos al azar, tienen siempre la fuerza del rayo que ciega.