Crepúsculo

Hay hechos que son, en un primer momento, un alumbramiento. Parecen contener en ellos el germen de lo nuevo, de la oportunidad que se nos da por primera vez, o incluso por segunda o tercera. Así ocurre, a veces con las parejas que, divorciadas, vuelven a rehacer sus vidas con otras personas. Hay en ellos algo de luminoso que los acompaña durante algún tiempo. También en la ocasión de un nuevo alumbramiento, como el mismo nombre dice inequívocamente, aunque los padres hayan ya cruzado la barrera de la edad convenida o recomendada.

Hay también otros que desprenden luz pero que están teñidos del halo crepuscular que señala el tiempo que se va acabando. Hay grandes obras en la historia que han sido concebidas o ejecutadas cuando ya el tiempo del artista como tal declinaba. Las rodea esa aura blanquecina, desteñida diríamos, que emana de lo que ya ha cruzado más de la mitad de su existencia. La luz, que no tiene por qué dejar de ser cegadora, anuncia, al mismo tiempo, su ocaso. La grandeza deja entrever el final que se acerca irremediable. Algunas de las más grandes obras artísticas tienen esa característica. Otras, empero, van alejándose por el final del pasillo en penumbra conforme el resplandor se va apagando y el sonido queda amortiguado por el ruido de pisadas lejanas que no logramos ver.

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