Trueno

Siempre había echado en falta alguien como Thomas Bernhard en la literatura española, o más bien, en el panorama contemporáneo de la literatura española. Me desagrada tanta amabilidad general, tanta comprensión de unos con otros, tanta amistad. Los pocos que critican suelen ser periodistas o escritores mediocres cuya mejor suerte vendrá con su olvido.

Soñaba con un escritor de fuste, alguien que tronara contra la estupidez que nos ahoga y a la que, por lo visto, hemos logrado adaptarnos y hacerla parte esencial de nuestro ecosistema. Un Thomas Bernhard, como ya he dicho. Claro que Bernhard provenía de Austria, un pequeño país con una historia no resuelta por aquello de su rápida anexión por parte de la Alemania nazi, los fantasmas de los mismos que aún vagaban en vida del escritor, y otras razones menores que abundaban en lo mismo.

España, por el contrario, había cambiado. Por arte de birlibirloque había dejado de ser franquista para convertirse en demócrata de pata negra y nueva rica admitida en la Sociedad de Sociedades Opulentas. (Resultó con el tiempo que la riqueza se quedó en oropel y que eso de la libertad individual siguió estando muy mal vista.)

Un discreto hombre, sin embargo, se empeñaba en mostrarse arisco. Pertrechado con una educación exquisita, aquel buen hombre, que iba por libre y tenía la costumbre de dar a la imprenta novelas que iban convirtiéndose en algunas de las mejores de su época 8que es la nuestra), se negaba a participar en la hoguera de las vanidades hispana, sin que por ello fuera un amargado, resentido o demagogo vociferante. Es más, solía tener la costumbre de no elevar demasiado el tono sin por ello dejar de hablar con meridiana claridad.

Ya he dicho que me habría gustado que en España hubiera un escritor tronante, jupiterino, que nos arrojara rayos y centellas. Nos hemos quedado en un señor de educación irreprochable que sabe rechazar un Premio Nacional de Narrativa al tiempo que se disculpa ante el jurado por el rechazo y desaparece sin enfangarse, al contrario que otros, en las luchas posteriores y en el griterío de patio de corrala en que solemos perder el tiempo y otras cosas.

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