La banalidad del mal

Había dicho que hablaría de dos películas (alguna más tendrá aquí un pequeño lugar) que he visto en la Seminci. Son Hannah Arendt y Barbara. Dos nombres propios para una misma historia heróica, el empecinamiento de dos mujeres en enfrentarse a los suyos, al sistema, a las ideas preconcebidas… de aquellos que dicen tener razón y no dejan de hacer lo posible para extender su verdad mediante la propaganda y el aplastamiento del otro.

Hanna Arendt se centra en el tiempo que la filósofa alemana estuvo de reportera en Jerusalén para asistir al juicio de Adolf Eichmann, oficial nazi encargado del transporte de los judíos a los campos de exterminio, y colaborador, pues, de ese genocidio. Lo que Arendt observó – y no debemos olvidar que no se conformó con saber lo que otros contaban sino que estuvo allí mientras duró el juicio y escuchó a la acusación, la defensa, el acusado y los testigos – fue que la maldad del nazismo era pura banalidad porque Eichmann nunca se reconoció como un sujeto libre que actuaba por voluntad propia. Eichmann fue uno de los primeros en escudarse en la obediencia debida a un líder. Él se veía como un engranaje dentro de una maquinaria enorme (¿el Estado Absoluto de Hegel quizás?) Eichmann prefirió, y hoy en día le siguen muchos aunque la retórica de las excusas haya variado con los años, no ser libre. Ni él ni a los que condenaba con el traslado. No le interesaba el destino final de los judíos, solo le importaba cumplir las órdenes, ser uno entre la multitud obediente (obediente a su líder máximo, claro.)

Bárbara es la concreción de esa banalidad del mal llevada a un caso concreto. En los años de la dictadura comunista en la RDA, una mujer, doctora, es enviada a un hospital de provincias por enfrentarse al régimen. En la película no se dice cuál es su delito. Solo vemos a la policía que registra su casa de vez en cuando, a una mujer que la examina con la misma periodicidad – la que dan las sospechas arbitrarias – después de que ella se ha desnudado. Vemos también a la casera, chivata de la Stasi, y a un médico a quien han encargado que se haga amigo de la doctora para poder sonsacarle información. Todos menos Bárbara obedecen órdenes, las órdenes necesarias para que el paraíso llegase a la tierra. La contención y austeridad de la película la hacen más creíble. Cualquier sonido por la noche despierta las sospechas y el miedo de la doctora, que sabe bien que nunca puede descansar quien se enfrenta a los aparatos represores de gobiernos como que los hubo al otro lado del telón de acero.

Muchos obedecieron órdenes, convencidos de que era lo apropiado, que ellos eran solo engranajes de una maquinaria que traería un mejor futuro. Otros hubo que en la zona libre apoyaron o hicieron la vista gorda ante tales atropellos. Algunos todavía reciben homenajes o son materia de adoración en algunas universidades.

La banalidad del mal. ¡Qué fácil es echarse en brazos del Ideal y trabajar para él, en comunión con la multitud que trabaja también para el Ideal! ¡Qué fácil es no examinar las consecuencias de nuestras acciones!, ¡qué fácil culpar de lo malo siempre a otro!, ¡quedar siempre nosotros exonerados de toda culpa cual seres angelicales!

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