Un final de época

“In Berlin by the wall
You were five foot ten inches tall.
It was very nice
Candlelight and Dubonnet on ice”

Es, acaso, para mí, la canción que contiene todo el existencialismo nihilista de los años setenta. Quizás para pocos, por no decir nadie, los años setenta sean la última explosión de ese nihilismo. Algunos aún navegaban las aguas del la Revolución y se dirigían, si no habían llegado ya, al terrible maelmström de la muerte y del terror. Se fueron deshilachando, al igual que las nubes en el cielo.

Mientras muchos proseguían en los años sesenta sin darse cuenta de que en realidad les mecía la resaca de aquellos años, otros, solitarios, descreídos, oportunistas también a veces y en diversos sentidos, prefirieron no cerrar los ojos ni perderse en las ilusiones de la voluntad o de la imaginación impotente. Entre ellos, un hombre, entonces aún joven, que en el año 1972 adornaba su cabeza con una melena rizada que semejaba un casco – sostenida en lo alto apenas caía por el cuello y los hombros. Ya se había separado de sus compañeros de juventud con quienes empezó una interesante aventura musical al resguardo del artista neoyorquino del momento; ya la Velvet Underground era solo un recuerdo, un nombre que con el tiempo iría ganado prestigio hasta ingresar en el panteón de los malditos famosos; ya su semblante se había vuelto aún más serio, y el rictus de desprecio se había acentuado. Lo suyo eran las calles de Nueva York, pero no cualquiera, sino las de los barrios marginales, donde la droga, la prostitución y la miseria habitaban: Queens, Brooklyn, el Village o el Soho. Daba igual, allá donde hubiera un local con música en vivo, un camello que vendiera su mercancía, donde hubiera transexuales, prostitutas, inadaptados, su ojo se fijaba y su imaginación se ponía en marcha para darle forma a aquel momento y atraparlo en una canción.

Lo hemos visto en infinidad de películas que han intentado recrear la vida de quienes pululaban por la famosa Factory. Hemos visto a jovencitas perdidas mientras la heroína se apoderaba de sus almas y sus cuerpos, muchachos que se prostituían por unos pocos dólares, jóvenes que no sabían qué hacer con sus vidas y avanzaban de fiesta en fiesta, nos han enseñado los retretes mugrientos, las camas deshechas y las sábanas arrugadas, la lentitud de los cuerpos al recobrar la conciencia, el estupor de la mañana perdida, y la ansiedad de la noche temprana.

Fueron los estertores de la vanguardia. Solo así se entiende que un grupo de rock pudiera tener espacio allá. Ellos, probablemente, no estaban interesados en la vanguardia; al menos no todos. Escribieron algunas canciones, dejaron una de las últimas expresiones del nihilismo; canciones descarnadas, ajenas a cualquier épica, ácidas, disonantes. Pocos los entendieron entonces. Alguno ha muerto, Lou Reed continúa, calmado por la edad, sin cesar de experimentar, superviviente de una vorágine que pocos además de él supieron interpretar en términos existencialistas. En 1972 dieron un concierto en París, él, John Cale y Nico. Pocos recitales resumen tan bien ese final. No hay transición, se agota, brillante, en sí mismo.

 

 

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