Los nuevos tiempos

Cerca de donde vivo hay dos plazas, una más pequeña, resguardada, rodeada de paredes menos por dos entradas; la otra está más al aire, da a una carretera de tráfico denso, a un aparcamiento y a un descampado por donde corretean los perros y los gatos, cimarrones, han establecido un reino precario.

En las dos plazas se sientan grupos de mendigos, muchos de ellos extranjeros a tenor de lo que escucha uno si presta atención cuando pasa por su lado. Tienen rostros cetrinos y enrojecidos, algunos barba, ropa ya muy gastada, demasiado grande o demasiado pequeña, casi nunca de su talla. Hoy, mientras pasaba por su lado, uno se ha acercado y, con cierta timidez me ha pedido algunos euros para comer. Otros tienen por el suelo, cerca de sus piernas, botellas de cerveza envueltas en periódicos, tetrabriks de vino, algún paquete casi vacío de cigarrillos.

Algunas veces veo a la policía que les piden los documentos, hablan algo con ellos y luego se alejan en sus motos.

Más allá, al otro lado de las vallas que encarrilan el ferrocarril y dividen la ciudad se observa la nueva arquitectura de estos tiempos. Enormes bloque paralizados en su esqueleto. Sin apenas paredes construidas, se ven las vigas, las columnas, las rampas que habrían sido las escaleras, el hueco indistinguible del ascensor. Son las ruinas de lo que nunca llegó a ser.

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