Ensayo de autobiografía IV

Hay filiaciones entre obras y personas que solo se conocen muy tarde, o que son visibles pero no nos fijamos, acaso por lo evidente. La filiación suele ser el resultado de una elección consciente, aunque no cabe duda de que muchas otras veces las circunstancias imponen una realidad que con frecuencia es ingrata. A veces proviene de circunstancias vividas similares y no de una reflexión intelectual. Es el caso de la autobiografía de Tarik Ali, Street Fighting Years, en la que recuerda – ni en vano ni por capricho – a Said. Parece ser que mantuvieron una estrecha relación a lo largo de muchos años. Al fin, era lo normal. Ali es un paquistaní que marchó a Inglaterra a estudiar y que en una vida que ya puede ir calificándose de dilatada, ha mantenido posturas políticas radicales en la órbita de los partidos comunistas. El simple hecho de haber nacido en Pakistán, entonces parte de la India colonizada por Gran Bretaña, haber asistido a su independencia, haber sido testigo de la descolonización del Oriente y su recolonización por otros medios, le ha dotado de una actitud inflexible y fundamentada en lo referente al centro y los márgenes de la sociedad ya sea en un sentido estrictamente geográfico como en el cultural. Hay un rechazo a aceptar tales términos, que en el caso de Ali, su estancia en Inglaterra, sus años de estudiante en Oxford, y su trashumancia por el mundo, lo curan de provincianismos estériles (al igual que a Said.) Habría que preguntarse por la influencia que el haber tenido que salir de sus países si querían desarrollar sus vidas, ha tenido, por lo que a ellos concierne y también por lo que significa para los demás. Quizás si no hubiera salido de Pakistán, su ideología no habría sido la que es al no haber vivido el rechazo social y los distintos raseros a la hora de medir a las personas.

Aunque no es testigo de la desintegración de un mundo – al contrario que Said que sí lo es – lo que sí observa son los ataques que otros llevan a cabo en Asia, en lo que en sentido generoso sería su casa. La guerra del Vietnam fue una de las espoletas que prendió la mecha, como lo fueron su afiliación al Partido Comunista o el ambiente revolucionario que algunos vivieron, él entre ellos, en la mitad de los años sesenta.

Se nota, eso sí, que es principalmente un periodista pues el libro es un extraordinario reportaje que por la fuerza de la escritura, la sinceridad y el empeño crítico – a veces muy parcial – se convierte en autobiografía política. Poco desarrollo del personaje hay, parece ya todo dado desde un principio y él simplemente se dedica a transmitirlo sin preguntarse las más de las veces por las razones que lo asisten o lo abandonan.

Junto con la de Said, y me imagino que con otras muchas, habla de un sentimiento muy generalizado en las personas que nacieron y vivieron en las antiguas colonias británicas – aunque intuyo que también será común a las francesas, alemanas o belgas – y que fueron testigos de excepción del hundimiento de un mundo y de una mentalidad. Del colapso colonial surgió un mundo marcado por la Guerra Fría y la división del orbe en dos bloques que se derrumbó en 1989 para alumbrar lo que hoy tenemos y que, en gran parte, aún desconocemos. Ali no crea una división feroz entre colonias y metrópoli; es más, no parece sentirse ajeno a lo británico, como sí que Said se sentía respecto a lo americano. Eran críticos, muy críticos, pero dentro de lo que eran Gran Bretaña y Estados Unidos. La niñez les ha marcado para toda su vida, y la niñez era una vida en una tierra cosmopolita donde europeos y árabes convivían, o paquistaníes y británicos en el caso de Ali, un mundo – sobre todo el de Said – que se fue derrumbando porque se iban estableciendo una cadenas nacionales, étnicas y religiosas que buscaban la pureza – lo que hoy en día tenemos y nos va asolando. Si entonces era posible el cosmopolitismo en Egipto, o la convivencia de árabes y judíos en el Magreb, eso hoy ya no lo es pues las cadenas de la ortodoxia han aherrojado a demasiadas personas. Y el mundo de Said, o el de Ali, queda como un hermoso sueño, una visión fugaz, un anhelo o un ansia.

Se podrá objetar que el cosmopolitismo lo era desde el punto de vista europeo, que en realidad era imposición europea, pero a ello habría que responder que si tenemos en cuenta a los europeos que por entonces pululaban por allí, aunque por europeos la gran mayoría se refiere a británicos, y a americanos – no deberíamos tampoco olvidar  que también convivían árabes, judíos, cristianos alejados de la ortodoxia romana y kurdos, entre otros. Lo que había sido el Imperio Otomano albergaba en su seno una multitud de creencias y razas propia de las épocas de la decadencia, y que tanto hemos de añorar ahora que es un tiempo de fe férreamente sostenida y propagada, tiempo de conquistadores e inquisidores, de guerras santas e imposiciones de ortodoxias. Hoy en día no se permite a nadie que se sienta fuera de lugar, ni que se aleje o reniegue de su lugar en el mundo que ha encontrado – sin haber podido decidir – en el mismo momento en que nació. Pero iba hablando de la convivencia de principios del siglo XX, y que hoy se niega y se limita a imposición europea haciendo tabla rasa de los demás porque la idea subyacente es la de criticar la colonización europea, negar la lógica colonizadora, achacar todos los males presentes a aquel entonces, y ver en aquel momento la negrura de un tiempo infame.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II

Ensayo de autobiografía III

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