Al llegar al final de un libro

Durante varios días me han quedados unas escasa cincuenta páginas de A la sombre de las muchachas en flor, que van poner el punto final a mi verano proustiano. He pasado estos días leyendo muy poco de la novela. Cuando entro en una narración de entidad considerable – y esta lo es por extensión y por ambición y resultados – paso muchas horas leyendo porque me siento así partícipe de las aventuras, en el caso de Proust de las reflexiones del protagonista y de su peculiar relación con el mundo que le rodea, el de sus padres, sus amigos, y sobre todo, el de algunos personajes como Swann, su señora, Gilberte, hija de estos dos, Albertine o los Guermantes — el primer atisbo de la nobleza que conquistará su alma hiperestésica y un tanto snob.

Me sumerjo en la lectura y ahí permanezco durante varias horas al día – cuatro o cinco – hasta que la abandono diariamente no porque tenga algo mejor ni más importante que hacer, no porque me llamen otras actividades u ocupaciones, por ejemplo, ir a la piscina, hacer la ronda vespertina de bares, o ver la televisión. Sí que puedo suspender temporalmente la lectura por la música o por el cine, pero procuro ordenar el día de modo que no se interrumpan. Dejo, como iba explicando, la lectura no porque tenga otras actividades ni por cansancio o aburrimiento sino por aquello de retrasar el final: ese momento en que, con frecuencia acuciados por la avaricia lectora, nos vemos expulsados de un mundo en el que hasta el momento habíamos habitado con cierto confort y de manera plácida – aunque no es placidez ciertamente lo que sentí al leer Otra vuelta de tuerca o Melmoth el errabundo. Mientras la novela no va mediada me gusta avanzar a paso rápido, una vez que percibo que el final se acerca (y el separador entre las hojas del libro señala con claridad el tramo recorrido y la proximidad del final) aminoro el ritmo, a veces incluso dedico horas a otras lecturas, casi siempre de carácter ensayístico o poesía, con el fin de que los argumentos y los personajes de dos narraciones no interfieran entre sí.

Así me ha ocurrido con A la busca del tiempo perdido. Las primeras semanas el ritmo lector era sostenido. Las últimas fueron testigo de un enlentecimiento progresivo que conseguía merced a la incorporación de algunos libros secundarios pero que me permitían aplazar una despedida que no deseaba. Al final, incluso llegué a dejar la novela, esas mencionadas últimas cincuenta páginas, para comenzar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, que al final ha resultado ser una gozosa sorpresa y un descubrimiento feliz.

No es fácil la transición entre el mundo burgués – de la alta burguesía – e hiperestésico del protagonista de la novela de Proust al mundo suburbial, que contempla en el lejano horizonte la visión, falseada, odiada y deseada, de la alta burguesía barcelonesa, que a su vez contempla con miedo, desprecio y admiración confusa ese otro mundo proletario.

En cualquier caso, la experiencia de la lectura proustiana – relectura esta vez – es apasionante por lo que espera en las páginas; conforme el final viene hacia nosotros, la lectura comienza a tener algo de la actitud del remolón que no quiere enfrentarse a la realidad que se le avecina y prefiere quedarse rezagado, oculto entre los objetos que ocupan el espacio de nuestras cotidianas vidas en la falsa creencia de que así conseguirá engañar al tiempo indefinidamente y aplazar sine die el final de la novela. Hay, qué duda cabe, un secreto placer en la permanencia indefinida en un libro, aun sabiendo que después nos esperan otras  aventuras tan excitantes, o incluso más, escondidas entre las cubiertas de otros libros.

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