La pintura de Luis Nieto o el camino hacia el despojamiento

“Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente.” Jorge Luis Borges

I

En la pintura de Luis Nieto encuentro, quizás buscados de manera inconsciente, referentes poéticos. No creo que él los provoque; de lo que cabe poca duda es que entre sus referencias está la poesía, absorbida de una manera caótica e instintiva porque la siente cercana y no necesita pensar mucho en ella ni sobre ella. Entre los muchos poetas que resuenan cuando observo algún cuadro de Nieto está William Carlos Williams, él mismo interesado en la pintura. Suelo recordar los versos que escribió en “Primavera y todo”: “Llegan al mundo, desnudos,/ ateridos/ inseguros de todo/ excepto de que llegan”. Así entiendo yo la pintura de Nieto. Uno entra en ella carente de certezas pero seguro de que accede a un mundo de una extraordinaria densidad visual e ideológica; un mundo complejo que ha ido desarrollando desde los inicios de su carrera y que tiende hacia el desnudamiento de sí mismo. Cómo lo pueda conseguir, y me refiero al mantenimiento de la densidad pictórica junto con el vaciamiento del cuadro, es uno de los varios misterios que ofrece Luis Nieto al espectador.

II

Tiene su estudio en un barrio de las afueras de la ciudad, en una calle cercana a una vía de entrada y salida de la misma, de tráfico congestionado con mucha frecuencia, oculto el local entre bloques de viviendas de ladrillo visto y ventanales de aluminio. Es una callejuela que no lleva a ningún sitio, casi se acaba al llegar allí. Los niños juguetean en la calle y los adultos le miran a uno con desconcierto o sorpresa cuando pasa al lado de ellos. Cuando el visitante casual traspasa la persiana metálica que lo protege de la vana curiosidad mundana, encuentra otro mundo, que en un principio puede parecer el culmen de la anarquía pero donde, con el tiempo, uno comprende que rige un orden construido a la medida del pintor. Abandonadas en una esquina, al lado de una estufilla eléctrica, hay unas deportivas, gastadas, amoldadas por el prolongado uso a sus pies, el interior del talón rozado hasta llegar al blanco. El trabajo lento y permanente las ha ido desgastando pero allí permanecen, como parte integrante de su mundo, como elemento significante de su modo de entender la pintura.

III

Hay en Luis Nieto una preocupación continuada por cómo intervenir en el espacio público. Hay una inclinación cívica, que es política, en las estribaciones de la acracia, que unifica su vida y que, como en muy pocas personas, no es una actitud impostada. Quiero notar que su acracia le ha ayudado a desconfiar de los dogmas teóricos y la práctica pictórica débil que provenía del realismo socialista y otros tantos ismos políticos cuya única intención era la de la sujeción y control psicológico del artista y de los espectadores. Haber nacido en la segunda década del siglo XX tiene la enorme ventaja de haber podido asistir como espectador al progresivo derrumbe de algunos mitos estéticos. Ese es el punto de partida de Luis Nieto: el convencimiento de que las consignas, ya sean políticas o artísticas, dictadas desde los aparatos burocráticos de los partidos o de las sociedades artísticas – sea cual sea el nombre que tengan — solo llevan a la impostura y a la esterilidad. El artista es una persona que ha de actuar por sí mismo, aunque ese sí mismo esté siempre en contacto con el nosotros de la sociedad. Por ello la pintura de Nieto es individual pero está volcada hacia la sociedad. Eso sí, que nadie espere que las líneas de transmisión sean simples, unívocas o banales. La reflexión es compleja, continua y arriesgada. Ni se conforma con los caminos ya transitados ni le interesa la simpleza.

IV

La exposición combina obras de un solo elemento y otras formadas por varios. La idea que subyace a todas ellas es la creación de secuencias. Esto es fácil de ver sobre todo en las que varias tablas forman una obra. Aun así, también aquellas que son individuales también forman una serie en un sentido.

Llama la atención el interés geométrico que surge de sus cuadros. Superficies de tamaño medio de un blanco desvaído cruzadas por líneas de diversos grosores, donde el color está ausente en su casi totalidad. Son aquellas bajo el nombre genérico de orden. Las líneas están tamizadas por varias capas como si el artista quisiera esconder el origen y prefiriera que el espectador centre su atención en la superficie donde los elementos llegan después de una disolución de sus contornos. Son obras silenciosas, etéreas, que llaman a la quietud y a la contemplación. Hay en ellas también un movimiento sutil, como si algo estuviera surgiendo de lo profundo y acercándose al espectador. Forman una fase primera en la evolución última de su pintura y quizás por ello es en este grupo donde el color aparece con mayor frecuencia y variedad, pero siempre, repito, tamizado o apagado en la gran mayoría de los casos, como contraste al blanco básico que forma los cuadros. El poco color deja entrever una breve emoción ahora infrecuente en su pintura.

Ni el sentimiento ni la narración tienen cabida en su pintura. Nieto mantiene un fuerte descreimiento del discurso artístico posromántico – aquel que encumbró el expresionismo abstracto y su énfasis en el sentimiento expresado mediante el color – acaso porque es consciente de las celadas que el sentimiento nos va tendiendo día sí y día también. Dicha desconfianza lo conduce a la búsqueda de salidas complejas para que la pintura no quede embarrancada en un mero discurso estético técnico ajeno a la obra. Uno de los movimientos que exploró caminos más allá del posromanticismo fue el minimalismo, que aparece ahora, en una interpretación personal, por supuesto, en la obra de Nieto. El espectador lo puede apreciar en series tales como “Secuencias negro sobre negro” o “Secuencias de un paisaje”. El predominio de la línea recta y el color negro añade además un suplemento de dureza y rigor. El negro domina y arrasa con cualquier atisbo de sentimiento. En “Secuencias negro sobre negro” destaca el contraste entre el polvo de antracita y la pintura acrílica de la secuencia aleatoria de las líneas que conducen a la vista por la inmensa superficie misteriosa. “Secuencias de un paisaje” es un homenaje a Félix Cuadrado Lomas. El paisaje castellano de Lomas, ya de por sí reducido a sus elementos esenciales, sufre aquí una mayor contracción visual. Lo plástico tiene un tratamiento casi escultórico en un intento de poner el énfasis en la calidad objetual de la propia pintura. Una vez más el pintor solo utiliza líneas logrando así un efecto de silencio. El paisaje, dominado por las líneas – aunque ahora el orden de su disposición es muy rígido – llama poderosamente la atención por la quietud y el secreto que exhala. El orden no impide que haya siempre alguna línea suelta que se pierde en el vacío.

“Partitura de invierno” reitera el concepto de secuencias lineales, aunque el color aquí juega un papel importante. La línea, al igual que en cuadros anteriores, se sitúa difuminada y en un segundo plano dentro del cuadro. Tiene relación con “Invierno”, obra hecha con acrílico sobre acetato. Importa la creación de vacío dentro del propio cuadro mediante el color, o la ausencia del mismo, pues son piezas blancas y solo en tres de ellas hay breves puntos cromáticos. Son pequeños puntos de fuga, recuerdos de una realidad exterior, el sentimiento o la vida que huyen o buscan apropiarse de la superficie del cuadro. Me traen a la memoria el poema de Wallace Stevens, “El hombre de nieve”: “Ha de tener uno una mente de invierno/ para mirar la escarcha y las ramas/ de los pinos cubiertas de nieve;/ …/ Pues el oyente, que en la nieve escucha,/ y, nada él mismo, contempla/ la nada ausente y la nada presente.” Es cierto que también podrían referirse estos versos a gran parte de los cuadros de la exposición, aunque el blanco de los últimos refuerza la idea de vacío y de ausencia. Es ahí donde el lirismo surge, un lirismo mínimo, difuminado, al igual que las líneas.

En otras obras surge cierta calidez. Es el caso de aquellas en que el papel artesanal queda parcialmente oculto por el vegetal. Repite el concepto de secuenciación y la idea subyacente en muchos de ellos de la oposición entre lo humano y lo industrial. La labor de humanización del vacío la lleva a cabo mediante la artesanía. El color sigue ausente, la geometría persiste pero el material añade un suplemento de humanidad.

V

No cuento con elementos suficientes para saber si estas últimas obras prefiguran la evolución de la pintura de Luis Nieto. Ha habido, eso sí, desde hace años una progresiva esencialización desde la pintura matérica que practicaba hasta la actual eliminación de todo aquello que no es estrictamente necesario. Hay un intento muy serio de experimentación de técnicas y una reducción de elementos con el propósito de que el significado aumente en intensidad y profundidad. Ante tanta cháchara, ruido exterior, dispersión y exceso visual, Nieto ha decidido que el camino es el de la retracción y el de la repetición más o menos aleatoria de elementos mínimos para, de este modo, en un proyecto que a veces recuerda a la música de John Cage, lograr la sorpresa y la abertura por la que lo sorprendente entre en nuestras vidas.

No sé si estará de acuerdo conmigo pero recuerdan al camino del zen, al final del cual el practicante encuentra el estado de sosiego al que ha llegado mediante la meditación y la repetición de algunos gestos cotidianos. Al igual que sale uno después de contemplar sin prisas la exposición.

(Texto del catalogo de la exposición Secuencias de Luis Nieto en Valladolid durante el mes de abril de 2012)

Video de la exposición

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