Fragmento

Vuelven ahora los recuerdos que nunca terminaron de irse. Los recuerdos de una infancia que recuerdo en fragmentos de luz intensa, brisa del mar cercano y frescos portalones con escaleras de madera que ascendían hacia el cielo de la felicidad de los dulces y tebeos que me esperaban en algunas de las casas que visitaba con mi tía.

También recuerdo las calles estrechas por las que paseaba con mi abuelo, entre comercios antiguos de escaparates con cristales de formas redondeadas y género intemporal, aquellas bragas enormes de algodón, o los calcetines de perlé, y algunos uniformes de trabajo, entonces tan necesarios.

Pero sobre todo vuelve la copla, aquellas que escuchaba en casa de mis abuelos. Una vez más la luz radiante, intensa, estallaba al rebotar contra las paredes blancas del edificio de enfrente. Allí pasé mañanas de verano sin fin, escuchando a la Piquer mientras curioseaba por entre las miles de baratijas que almacenaban en la despensa o en el salón a oscuras, imponente por lo poco que lo frecuentábamos.

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