A modo de orientación: Una lectura – muy parcial – de Leopoldo María Panero

0. Era el final de la década de los sesenta; para bien o para mal, el final del sueño, aunque muchos aún tardarían en despertar, si es que lo lograron. Para otros fue peor, pues ni siquiera llegaron a soñar. Pero lo que importa es que a pesar del final, de que el sueño se estaba acabando – sin que ellos lo supiesen – y de que el despertar sería largo y ácido, aún se mantenían algunas fantasías. La del arte, entre otras, la de cambiar el mundo, o la de la infinita felicidad que esperaba allí, en cualquier lado, en las drogas, en el sexo o en la poesía; también en el rocanrol. Sí, fantasías, literatura, signos que forman parte de la imaginación, no del entendimiento. Pero esto lo dijo un filósofo que vivió siglos antes; un filósofo que acaso sabía demasiado.

1. El país aún seguía oficialmente cerrado a cualquier cambio; pero esa no pasaba de ser la triste consigna oficial bajo la que unos pocos, cada vez menos aunque siguieran siendo muchos, se escudaban. Otra gente se movía en dirección contraria; el movimiento, por supuesto, era subterráneo, underground era el término preferido, vanguardista en su mejor sentido, y libertario. Había otros movimientos, el oficial, tan triste, tan de grandes gafas de concha, terno azul y corbata discreta; también estaba el movimiento politizado de la izquierda radical, comunista o más allá, un alucinante baile de siglas, consignas, peleas y desconfianzas: los troskos, los prochinos, marxista-leninistas; y los comunistas oficiales, también tristes, aburridos en sus discursos, previsibles en suma.

2. Importaba ser disidente aunque no se supiera muy bien de qué ni para qué, mucho menos el por qué. Flotaba en el aire la necesidad de reinterpretar el mundo, reescribrlo, o simplemente destruirlo para construir otro nuevo; ese era el sueño. Nada se podía aceptar porque sí. Las grandes escrituras que habían guiado a la Humanidad eran leídas a la luz de nuevas ideas. De ahí tanta variedad en el menguado panorama español de la izquierda. De ahí también el auge del libertarismo. Porque el libertarismo – a pesar de la tradición española – era una nueva ventana abierta al mundo, la inmensa promesa de la libertad infinita y del traspaso instantáneo y vertiginoso de los límites de cualquier tipo. Sexo, drogas y…

3. … y cultura pop. A finales de los años sesenta, en España, con un cierto retraso y solo para una minoría, hacía su aparición, sigilosa en principio, el POP. Por las revistas, por lo que otros contaban, en los viajes a Inglaterra, Holanda o Francia, en menor medida a Nueva York, algunos se dejaban impregnar de un sentido de la vida, de una estética, banal, repetitiva y fugaz. Pero no importaba, no cuando había que construir un mundo nuevo, o al menos eso pensaban. Los posters, los Beatles y los Rolling Stones, los tejanos y el desaliño indumentario. También la Joplin algo más tarde, Woodstock y Pink Floyd, la escritura automática y Marilyn. No todo era, strictu senso, pop, pero tampoco importaba. Buscaban el disfrute no la erudición. Warhol y su Factory, la Velvet Underground, Passolini, y otras pesadillas vendrían más tarde.

4. No deja de resultar curioso que junto a esa explosión generalizada de alegría y urgencia, surgiese una línea teórica dura que soñara con China, Camboya, Vietnam; y otra, acaso menos abstracta, que se centrara en los derechos civiles de las minorías sociales: negros, chicanos, mujeres. Y la siempre tangencial de los marginales libertarios; porque estos nunca lucharon por llegar al poder, sino para destruirlo. Nunca se plantearon la posibilidad de alcanzar el poder para lograr el buen gobierno. No había buen poder. Tantas tendencias, y sin embargo, tan similares. Flameaba por encima de todas la bandera de la disidencia. En arte como en política. Mao y Marilyn unidos en los carteles, en las conciencias, en los sueños. Vivían en la era pop; era posible, y justo, casi se podría decir que necesario.

5. Lo más importante, lo vuelvo a repetir, era no seguir las consignas, no adentrarse en los caminos pisoteados de la normalidad. La indumentaria podía ser, era, una manera de distinguirse. El dandy o el bohemio, el hippie o el revolucionario. Pero también había otras formas de singularizarse: la actitud, las lecturas o las películas. Vivir en la segunda realidad surgida de la oscuridad de la sala de proyecciones, o en la penumbra de la biblioteca, o en la soledad de la locura. Eran otros mundos, voluntarios o impuestos, asumidos o rechazados. Las glaciales construcciones de la teoría, los paisajes oníricos de las películas, el vacío que se vive al no comprender el mundo. El arte no era solo representación mimética de una realidad triste, aburrida, cobarde y mísera; tampoco su denuncia ramplona.

6. La poesía es un decir que señala lo irremediablemente perdido. Intenta construir y no logra más que dejar constancia del hueco que se ha producido con la fuga del tiempo. El tiempo es, no podía ser otro, el de la infancia. El tiempo es el mal. Leopoldo María Panero lo sabe; sabe muy bien que el tiempo nunca ha estado de nuestro lado, como cantaban los Rolling Stones. El tiempo nos hace, pero solo para acercarnos a nuestra muerte. La poesía dice, construye el Paraíso ya perdido, el de la infancia, y lo puebla de nuestras fantasías, que a veces son alucinaciones, siniestras pesadillas.

7. También dice lo que no es, lo que no existe, lo que la sociedad oculta. El tabú y el límite. La poesía es un decir en el límite y del límite. La poesía no es mimesis, no es contar bellas historias, ni un ejercicio más, culto y bien visto, para ociosos. La poesía cura las heridas producidas por la razón y tiene un rango de verdad superior a la verdad de la razón, dice Félix de Azúa. No siempre es así. Hay veces que la poesía hiere porque nos muestra aquello que queremos mantener oculto. Es una de las tareas del arte, aunque hoy esté casi olvidada. Y qué decir de su estatuto de mito. Que no sea una verdad agresiva no significa que no sea molesta. El mito situado en el límite habla lo que hasta ese momento ha estado silenciado; pone en acción lo que había quedado en suspenso por la inmensa carga que impone la tradición. La poesía libera. Hay que entender entonces que poesía no es solo escribir en versos con mayor o menor maestría. Es otra cosa; es situarse en una franja en la que el lenguaje es aún reconocible, en la que las ficciones sociales aún son comprensibles, y desde ella avanzar. Hacia dónde: hacia el vacío, hacia la ausencia, hacia la nada.

8. A finales de los sesenta Leopoldo María Panero nos contó cómo se fundó Carnaby Street. En su escritura se dieron cita los mitos modernos de la novela negra, Peter Pan, Bonnie y Clyde, El Che Guevara, Sacco y Vanzetti, el cine, la literatura y el deseo de ser Piel Roja. Intransigente marginalidad, alegre disidencia. De otro modo es imposible dedicar un libro de poesía a los Rolling Stones.

9. El tiempo impuso otras derrotas, otras singladuras. La angustia de no comprender, la tristeza de contemplar el mundo efímero, el saberse siempre en el lugar del hijo. Los sesenta se fugaron envueltos en su propio glamour. Todos se quedaron atrás. Algunos despertaron, otros perseveraron en el ensueño. A algunos, pocos, les quedó la ingrata tarea de dar cuenta del despertar a la pesadilla que siguió. Pero siempre quedará el refugio del Paraíso, aunque sea un jardín ya marchito, ni siquiera otoñal.

(artículo publicado en 2002 en En taquilla)

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