La imaginación sonora

Hace fresco en esta tarde que no se decide a acabar y me contagia la desgana. He puesto en el lector de música algunas obras para piano de Arnold Schoenberg, y lo he hecho movido más por la apatía que por verdadero deseo de escuchar esas y no otras. Luego he comprendido que la elección era correcta. La atmósfera de frialdad, lejanía y distanciamiento van acordes con la ocasión.

He trabajado, si en lo que ocupo mis horas puede llamarse trabajo. He escrito algo, he corregido un ensayo sobre José Ángel Valente y he dado por finalizado un ensayito sobre la pintura de Luis Nieto del que me siento razonablemente satisfecho. Creo que expongo con claridad y un poco de elevación algunas claves de la última pintura de Nieto. ¡Quién sabe luego lo que la gente dirá!

Me aguardan algunas lecturas, unas más o menos placenteras, otras alimenticias y, por último, las que me causan una cierta sensación de extrañeza o de incomodidad. A veces me ocurre, por ejemplo cuando leo poesía y me siento fuera del pacto que escritor y lector suscriben. No puedo asegurar si es o no es poesía, si tiene una mínima calidad, o si el verso fluye o se queda estancado. Hay, sin duda, versos memorables en el sentido literal de la palabra. Versos que llaman con fuerza a nuestra imaginación, que levantan un mundo de posibilidades y resonancias en nuestra mente. No tienen por qué ser versos voluptuosos; algunos hay en que el espesor y la condensación dominan la estructura; otros son de gran sequedad sonora o visual. Pienso, por ejemplo, en los últimos poemas de T.S. Eliot. A pesar de su renuncia a la sensualidad y a su decidida elección de la expresión abstracta, ese gusto por habitar lo abstracto, son capaces sus versos de crear un mundo que, por algún motivo, nos llama la atención, lo hacemos nuestro o nos instalamos en su mundo de resonancias sonoras, visuales y conceptuales.

Últimamente eso no me ocurre. Desconozco la razón pero cuando leo la poesía de Charles Olson o la de Frank O’Hara, rara vez siento esa llamada, ese golpecito dentro que me indica que estoy ante versos que voy a recordar. No quiero decir con esto que ninguno de los dos sea  un mal poeta o que en la poesía de ambos no haya versos que uno recuerda muchos años después. Son, sobre todo Olson, poetas inmensos, en quienes no atisbamos aún todas las consecuencias que pueda tener su poesía.

Hace frío en esta tarde ya casi desaparecida y Schoenberg suena lejano, casi olvidado.

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