Ensayo de autobiografía (I)

Por incapacidad, por pereza o porque soy consciente de la inutilidad de algunos afanes, procuro no adentrarme en la oscuridad revuelta del pasado anterior; todo lo más intento seguir la secuencia de hechos que remontan dos o tres meses, poco tiempo, apenas nada. Estoy convencido de que tampoco hay mucho más que recordar, algo que merezca la pena, que no esté cubierto por el polvoriento olvido – tan clemente a veces – o distorsionado por el sentimentalismo fácil de la conciencia que necesita engañarse, ni agriado por el recuerdo – quizá no tan falso – de lo que fueron los años.

Aunque no sea esta la razón (porque en realidad explica muy poco, si llega a explicar algo) lo cierto es que últimamente no paro de recordar la estancia en Boulder, o quizás sería mejor decir, las estancias, porque – aunque de algunas hace ya mucho tiempo, tanto que hay momentos en que me resulta difícil creerlo – las varias veces que he estado allí, ahora se confunden: la última nevada que viví allí hace más de diez años está ahora presente, acaso porque entonces como ahora era invierno y tiendo a imaginar cómo estará ahora.

La última vez, sin embargo, era verano, y fueron tres meses los que allí viví: desde su inicio hasta las postrimerías, desde los comienzos del paréntesis hasta el momento previo a que se cerrara y continuase la vida: las de ellos y la mía, también, pues también para mí fue un paréntesis que se abrió y se cerró. Me fui de allí justo cuando podían comenzar las nevadas porque lluvias – fuertes chubascos veraniegos – hubo varias durantes esos meses.

Lo bueno de volver adonde uno ya ha estado es que conoce el lugar, no pierde el tiempo intentando orientarse y se puede dedicar a otros menesteres con más tranquilidad. No importaba si íbamos a estar mucho tiempo o no en la oficina de inmigración (tremendo anglicismo este) porque, después de pasar los trámites – dilatados, por cierto – sabíamos dónde teníamos que coger el autobús que nos llevaría del aeropuerto a la ciudad, y una vez allí dónde estaba la casa en la que pasaríamos los siguientes tres meses. Después de más de veinte horas de viaje entre el autobús, el avión y los dichosos e ineludibles tiempos muertos, llegamos a la ciudad, y allí buscamos la casa que ya habíamos alquilado. Un lugar cómodo, austero, espacioso y silencioso, acaso la característica que más nos gustaba junto con el jardín amplio y con algunos abetos añosos. Las casas están rodeadas por la naturaleza, casi a punto de ser absorbidas por ella; a lo lejos intuimos el riachuelo que, como veríamos al día siguiente, bajaba abundante, con un vigor impropio de la época en la que estábamos si no fuera por las lluvias tardías.

Al día siguiente, después de una serie de trámites de rigor, Seguridad Social, bancos, presentaciones, nos incorporamos a lo que será nuestra rutina: trabajo, descanso, lectura y paseos. Nos dimos cuenta de que a pesar de que estábamos en la misma latitud geográfica, anochecía a las nueve de la noche, y eso que pasamos allí el solsticio de verano, que, por cierto, ni recordamos.

(escrito en 2004 a raíz de una estancia larga en Boulder, Colorado)

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4 comentarios en “Ensayo de autobiografía (I)

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