Vidas silenciosas

De un tiempo a esta parte vengo recordando la breve figura de D. Oreste, mi profesor durante apenas unas semanas de música. Vivía en Soria, en una de las pocas calles que podría decirse alejadas del centro. El piso era, al contrario que la fachada, un lugar cálido, amueblado con profusión, con un gusto un tanto antiguo y lujo. Daba la impresión de que D. Oreste y su mujer habían vivido tiempos mejores. El porte de ambos, los modales elegantes, la cantidad de portarretratos de palta que las mesitas, consolas y aparadores albergaban, los sillones y el sofá, todo me lleva a pensar que en un tiempo de su vida, allá por su juventud y primera madurez, vivieron desahogadamente.

En Soria, cuando yo fui a dar a su casa, se ganaban la vida como profesores privados de música. Eran ya bastante mayores, lo que para un niño de unos seis o siete años, debía significar que andaban por la sesentena. Tenían fama de ser buenos profesores, y D. Oreste de haber sido un gran pianista.

Me costaba entonces entender que unos italianos hubieran acabado en Soria, una ciudad de provincias mínima cuando él era tan buen músico. Supongo que uno en la infancia no piensa en eso de buscar un refugio en el que acabar una vida de manera relajada. También me llamaba la atención la discordancia entre el barrio donde vivían y el interior de la casa. Fue entonces, con gran probabilidad, cuando empecé a pensar que la casa era exactamente eso, un refugio, un santuario, una maravilla escondida y desconocida para la gran mayoría de la gente.

Como he escrito al principio, en los últimos años he vuelto a pensar en ellos y su extraño paradero soriano, peregrino en más de un sentido. He imaginado que llevaban una vida que poco a poco se iba desmoronando y que desde los grandes teatros iban descendiendo por toda la panoplia de pequeños teatros, provinciales, teatruchos con las butacas raídas o desfondadas, con una acústica pésima hasta llegar a Soria e instalarse allí como profesores antes que continuar con una vida mísera e incómoda. He llegado a pensar también que huían por amor de sus familias y que se escondían en una ciudad que aparecería en los mapas señalada solo con un punto mínimo. Lo que más me ha influido en mis imaginaciones, para qué negarlo, ha sido el clima político y cultural de España estos últimos años, y la novela de Ignacio Martínez de Pisón, Dientes de leche, que narra la vida de un joven italiano que se ve obligado a vivir en España para ocultar su juventud fascista.

A veces pienso, sin el más mínimo fundamento, que D. Oreste fue también uno de esos jóvenes que se afilió al partido de Mussolini y que, una vez perdieron la guerra, tuvo que huir para evitar un juicio que lo llevaría al paredón. Él y su señora encontraron una pequeña ciudad de provincias en España donde vivir unas vidas anónimas y donde poder guardar el secreto que amenazaba sus vidas. Podrían haber elegido destinos más cálidos, los pueblecitos de la costa levantina o de la Andalucía que ya va a dar al Atlántico, pero prefirieron una ciudad de clima inhóspito, apenas poblada, donde sería difícil que los localizaran pero también donde la vida no sería tan lujosa porque apenas había niños a los que enseñar música.

Todo esto lo fabulo ahora movido, ya lo he indicado, por el clima político que nos ha envuelto, cuando pienso que hubo fascistas que convivieron con nosotros y llevaron vidas que no conocemos, ellos, amables, educados, vecinos nuestros que, en la apariencia en nada se diferenciaban de nosotros.

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Naturalmente, todo esto es una fabulación mía. D. Oreste llegó a España mucho antes y no tuvo nada que ver con el fascismo italiano. La situación política conduce a la gente a dar por sentadas situaciones que nada tienen que ver con la realidad o la historia.

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