Cartografías lectoras

Siempre nos asalta un secreto placer al recorrer con el dedo la inmensidad acotada de un planisferio al tiempo que imaginamos la infinidad de aventuras que nos podrían haber ocurrido en caso de haber estado allí. El viaje es la forma esencial de la aventura, e incluso en una civilización de la cual el misterio parece haber sido expulsado para siempre, guarda contadas ocasiones de sorpresa para sus más perseverantes aventureros. Aún es posible perderse en alguna selva, o sentir el escalofrío del miedo en alguna región remota; más difícil es, sin embargo, revivir la fascinación que el exotismo ejerció en viajeros ilustrados de siglos anteriores. La cultura occidental ha llegado a un punto en que la sorpresa de la novedad no existe, como tampoco permanece el afán de los antiguos descubridores. Aquellas meritorias sociedades geográficas que financiaban viajes a los más intrépidos con el propósito de aumentar el conocimiento son cosa del pasado para nosotros. A lo más que podemos aspirar es a algún millonario excéntrico que desea conocer la estratosfera y se encierra en una cápsula espacial a la vista de todo el planeta y rodeado de todas las precauciones que podamos imaginar. Es la trivialización de los tiempos que nos ha tocado vivir.

Pero aún podemos convocar el espíritu de la aventura, sentir el escalofrío de lo desconocido y de lo bello y de lo insólito, de lo terrible y de lo dulce, del placer y de la locura. Las aventuras y los viajes hoy día han cambiado, no en su esencia, sino en su apariencia. Remontar el Orinoco hasta las fuentes, alcanzar la cota más alta de Asia, adentrarse en las pirámides de Egipto apenas contienen un grado de osadía. Saber que a la vuelta nos estará esperando la lujosa habitación del hotel, el vuelo de vuelta en poco más de medio día, el televisor o el teléfono, por no hablar de otros inventos aún más modernos, restan valor y deleite a una acción que no debería ser más que eso, que no debería buscar ningún otro propósito. El turismo ha acercado a toda la humanidad los más alejados rincones del mundo, como se suele decir en tópica frase. ¿Cómo entonces adentrarse en la aventura?

Aunque pueda parecer una paradoja la empresa nos espera en el recinto de nuestra biblioteca. Solo hemos de encerrarnos largas horas en compañía de algunos libros — y la libertad de elección es amplísima — y dejarnos llevar `por el mar de tinta en el que se desarrollan tantas hazañas. Quizá solo haya una condición indispensable: dejar el reloj, ese molesto artilugio moderno que nos divide y coacciona la vida, fuera de la habitación.

Ante el mapa de Europa no hay más que recorrer con el índice la distancia que separa Moscú de Vladivostock y soñarse pasajero del Transiberiano, o recordar las novelas de Turguenev, con sus personajes abúlicos, nihilistas, notables y desengañados — que un día avistaron un porvenir más amplio y mejor –, personajes que vagan de una propiedad a otra por las amplias estepas rusas, o ascender por el mapa e imaginar la tundra  la taiga, revivir las aventuras de otros escritores, o descender hasta Mongolia y pensar en las inmensa llanuras que algunos recorrerían a lomos de los caballos enanos hasta llegar a Ulan Bator. Pensar, acaso sentir lo que los primeros viajeros experimentaron al encontrarse con un pueblo tan distinto, leer los diarios de viaje, las crónicas– tan a menudo muy poco literarias. Podemos descender aún más hasta dar en las costas de los mares del sur de China, allá donde un prodigioso polaco imaginó las más densas aventuras de colonos, marinos, compañías navieras inglesas que buscaban en los confines de su mundo el oro de las especias y el deleite del opio, aventuras de Lord Jim y de tantos otros que fueron trazadas en inglés. Conrad fue trazando la cartografía literaria de la novela del futuro: en el Pacífico, en el océano Índico, en Sudamérica o en los ríos de África, Conrad nos soñó, y él fue uno de los últimos, la moderna aventura cuando aún, a manos de las compañías coloniales y ultramarinas, se podía surcar el mundo como si fuese una aventura. Junto a él, quizá algo anterior, Kipling nos habló de la India, de los secretos de una India que había fascinado a un autor británico hasta la médula. Quizá por ello se percibe en su obra la atracción de quien no puede renegar de una educación ni cerrar los ojos ante la realidad maravillosa que lo rodea y que, al final, lo provee de su hálito vital.

También podemos internarnos por los bosques europeos, en un momento en que la naturaleza no estaba tan amenazada, y visitar las propiedades de los personajes de Thomas Bernhard o de Ernest Jünger, autores disímiles pero que comparten una misma cultura, que ha dado lo mejor y lo peor en los últimos siglos. Centroeuropa, y la leyenda del Golem o de Drácula — algo más hacia Oriente –, el esplendor de que Goethe nos habla, y su educación sentimental, los bosques de Ludwig Tieck, naturaleza maravillosa y animada por el espíritu del universo. También sus ciudades y la seducción que ejercieron en un espíritu hiperestésico como el de Baudelaire. Pasear sin rumbo ni prejuicios, dejarse llevar por el tráfago urbano, por los colores, la novedad, la rareza y la sensibilidad, con él o con Walter Benjamin y su monumental obra, Pasajes, que pretendía ser un recorrido por la cultura decimonónica europea; obra al final, no podía ser de otro modo, fragmentaria e inconclusa. Londres o París, y en esta la aventura vital de dos jovenzuelos de provincias que buscan en la hermosa ciudad gala la meta, el infinito, la culminación de sus sueños; y un final cáustico y dolorido, en el que resuena la frase que abre la novela: “El 15 de septiembre de 1840, a eso de las seis de la mañana, el Ville de Montereau, a punto de zarpar, echaba grandes bocanadas de humo delante del muelle de San Bernardo.”  Flaubert resume en la novela el recorrido de una generación que soñó, al igual que otras, el infinito y se encontró con la realidad gris de lo cotidiano. Quizá por ello ambiente otra de sus novelas en una capital de provincias con sus pequeñas miserias, sus afanes pequeñoburgueses en medio de los cuales surge el fulgor intenso del amor adúltero, del placer sin límite, del dolor que no se puede nombrar. En Flaubert, en la misma medida que en Eça de Queiroz, la aventura es el amor secreto y pecaminoso, el que se desarrolla en las alcobas más recónditas de la casa a horas intempestivas, el que quita el sueño y los afanes y tiñe la vida de una límpida coloración que atrae el temor y la osadía. Ambos supieron ver que la aventura no tiene lugar en los espacios abiertos, que estos son los sustitutos, las espacios vicarios, y que aquellos en quienes anida un espíritu en verdad inquieto, se refugian en la vida que otros tramaron, biografías inventadas, vividas en segundo grado y por lo mismo más intensas y verdaderas. La aventura hoy está agazapada en las novelas, las inmensas novelas en que nos sumergimos durante un tiempo infinito para compartir afanes, sentimientos, miedos y alegrías con unos protagonistas que a veces son trasunto de nuestras vidas; o que así los imaginamos.

(escrito el 17/08/2002)

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