Treinta años de El espíritu de la colmena

“A mi querido misántropo”, reza la dedicatoria de la foto, aunque la niña, que aún no sabe leer correctamente, no pone el acento en la sílaba adecuada. Pero ese es un mínimo detalle que se  justifica por la edad y que permite captar el lugar desde el que la niña – y el director – miran el mundo. Toda película, claro que también cabría decirlo de toda novela, o incluso de todo cuadro, o poema, es una mirada al mundo que nos rodea, el único que existe, por otra parte.

El espíritu de la colmena es una de esas pocas películas que condensan el mundo. La mirada de Víctor Erice, a través de la niña sobre todo, pero también a través de su hermana mayor o de la madre, incluso del padre, nos ofrece la compleja geografía de las pulsiones humanas. Es cierto que también la realidad social aparece en la pantalla, pero su importancia es menor. La situación de los pueblos castellanos, el fugitivo y su caza por parte de la Guardia Civil, las autoridades que aparecen, son elementos menores en una película de interiores, una película en la que lo que importa, lo que se retrata, aquello que el director disecciona con esa mirada fría al tiempo que compasiva, son los oscuros paisajes del mundo de los niños y el de los mayores.

Se ha hablado mucho de la sutil identificación del padre con el monstruo, y aunque a veces pueda parecer así, creo, sin embargo, que es una interpretación fallida, porque no puede ser un monstruo aquel que se aleja del mundo por desengaño. El padre, en sus manías, en sus ocupaciones tan alejadas de toda utilidad y transcendencia sociales, no puede ser el monstruo, a menos que pensemos que lo es por su falta de integración en la sociedad. El padre, y con él la madre y, por qué no, las hijas también, son personas que se han apartado de la sociedad, al igual que el fugitivo o que tantas otras personas que habitaban esos pueblos. Es cierto que la gran mayoría realizó un gran esfuerzo por integrarse para que así el llamado tren del progreso no los dejara en la cuneta o en el andén de cualquier estación perdida en el mapa. No ocurre lo mismo con el padre, que ha decidido mantener la pose y la elegancia de otros tiempos. La casa, las colmenas, la vida demorada sin apenas variaciones ni sorpresas, la escritura un poco sin sentido práctico, todo eso compone el retrato humano de aquellas personas que no se sienten a gusto en un mundo uniformado, un mundo que nos arrastra a sus intereses y nos aleja de nuestras obsesiones o de nuestros mundos.

Erice rodó la fábula de un mundo perdido que iba a desaparecer en breve arrollado por el progreso. En el celuloide quedan los silencios, las palabras justas de los personajes, la austera geografía del mundo. En resumen, lo esencial, aquello que tantas veces despreciamos porque no sabemos apreciar en su justa medida su importancia. Han transcurrido treinta años desde entonces. El cine ha cambiado tanto que ya tiene poco que ver con el de entonces, la sociedad también. Quedan aún unos pocos misántropos, personas centradas en aquello que importa y que desprecian todo lo superfluo.

(escrito el 12/02/2004)

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