La mirada del horror

En la vida de todo niño hay un momento inaugural: aquel en que descubre que lo extraño habita el mundo y no solo eso; además lo rodea e incluso lo amenaza, o al menos pone en peligro las pequeñas seguridades que lo han cobijado y que lo han resguardado del frío exterior. Cuenta Maya Angelou en Sé por qué canta el pájaro enjaulado, que para ella la gente era quienes vivían en su barrio; los demás eran el Otro.

Cada uno puede contar el momento en que descubrió que el mundo lo habitaban también seres extraños, seres que causaban miedo, asco, terror o cualquier otro sentimiento negativo de difícil control. La mayoría de las veces la sensación de rechazo tiene un fundamento visual. En muchos casos también la causa está relacionada con alguna tara física. La deformidad provoca un sentimiento fuerte de angustia que desemboca en el miedo a lo desconocido. Cuando la gente del pueblo se da de bruces con la criatura que el doctor Frankenstein ha creado, piensan en las mil y una maldades que es capaz de infligirles, aunque al final solo emitan un grito gutural y ahogado. Drácula es un caso especial porque nadie ve al vampiro ni él se ve en los espejos. La mirada no es refleja ni tampoco encuentra reciprocidad, al contrario que en Frankenstein donde el monstruo se ve reflejado en la laguna y la gente del pueblo lo ve en diversos momentos. Hay otra película modélica: Los ojos sin rostro. Lo único que el espectador conoce de la protagonista son sus ojos porque su rostro ha desaparecido. La reducción de una persona a su sola mirada puede conducir a niveles de horror casi impensado. En Arrebato la mirada es la de la cámara: la del director y la de todos los espectadores. En ese juego de espejos infinitos que es la película, los miedos, las fobias y los sueños convertidos en pesadilla se multiplican y, a partir de un momento, perdemos el norte; ya no sabemos quién es quién. La mirada nos va devorando pero no para desaparezcamos sino para que nos convirtamos en el director fantasmagórico, ese espectador alucinado y agónico que se ha recluido en la habitación, aislado ya para siempre del bullicio mundanal.

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