El costumbrismo, tan cerca de nosotros

Carreteras inmensas que se despliegan ante ti mientras en medio del silencio surcas los llanos pastizales. En la radio suena “On the Road Again” y piensas que cumples tu sueños, que acaso tantos años solo hayan servido para este momento en que te deslizas en tu Buick del 65 por las carreteras de Misuri y Oklahoma, la Interestatal 40 y la 44. Carreteras de la tristeza y de la soledad, moteles de lo siniestro. Estados Unidos es un país donde impera la soledad y el miedo te asalta en cada esquina. Un país oculto entre los inmensos rascacielos que ocultan el cielo.

Así, o de manera muy cercana, termina por pensar cualquier lector después de haberse sumergido en parte de la literatura que los escritores españoles más jóvenes están escribiendo. Estos tienen como referentes a David Lynch, a Jim Jarmusch (aunque, más bien, muy pocos han visto sus películas), a algunos directores más, o películas como Buffalo 66. También tienen algunas novelas como referentes, quizás alguna de Thomas Pynchon, quién sabe si a William Faulkner o a las sureñas Flannery O’Connor, Eudora Welty y Carson McCullers. Quizás también hayan escuchado las canciones de Willie Nelson, Johnny Cash o Sheryl Crow. Quién sabe lo que se necesita para crear el Estados Unidos de la literatura española más juvenil. Y claro, se me olvidaba, han leído, han amado y han adorado On the Road de Jack Kerouac, el sueño americano llevado a su cota más alta, una quimera, una fantasía adolescente que Kerouac llevó a su vida cuando estaba ya en la treintena.

Henry James viajó a Europa y aquí vivió varios para luego escribir de Europa. ¿Importa el realismo de Daisy Miller, y el de Otra vuelta de tuerca? Quizás no sea importante. Al fin y al cabo, no pasa de ser literatura. Importa la verosimilitud si uno quiere que la historia tenga un trasfondo moral, pero, claro, lo moral, ¿es necesario o es accesorio en lo literario?

He viajado por Estados Unidos, por varios estados del Este, del Sur y del centro, y no he visto las carreteras desiertas más que en contadas ocasiones, ni he sentido el terror que te asalta en el delito a medianoche en los moteles. He conocido gente normal, gente que viajaba en autobús por muchas razones, he conocido conductores de autobuses simpáticos, he viajado con presos a los que les habían concedido la condicional y con soldados que volvían de Irak. He viajado con señoras que hacían ganchillo para pasar el rato y con niños que iban solos a ver a su padre que vivía a más de 600 kilómetros. Y he visto pocos rascacielos.

He conocido un país, y leo de otro, al que han convertido una postal, una estampa turística fijada por la idea que en España tenemos de aquel país. El costumbrismo no es solo hablar de manolas, toreros y bares de barrio. El costumbrismo está también en lo que contamos de más allá de nuestras fronteras.

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