El libertino (I)

El uso continuado de los vocablos termina por corromperlos, máxime si llevan una carga connotativa superior, por razones históricas, a su valor denotativo. Es normal que las palabras sufran corrimientos semánticos, incluso disminuciones. También lo es que pierdan su significado original y que a este lo suplente otro que poco tenía que ver en un principio.

Esto viene a cuento de la palabra libertino. En un primer momento, allá en la primera mitad del siglo XVII, el libertino era el librepensador. Su ejemplo más acabado era en aquel entonces Michel de Montaigne, que era, en un sentido muy personal, el heredero del pirronismo y de cualquier filosofía escéptica. Es cierto que libertino en el XVII aludía a una filosofía, e incluso a un modo de vida, que radicalizaba la crítica religiosa al tiempo que se protegía de las instituciones religiosas mediante declaraciones obsequiosas a la misma. Destacó en este doble juego, en esta mostración de la falsedad de la religión y ocultación de las verdaderas intenciones, Pierre Bayle, aunque hay que tener claro que no fue el único. La lucha por la tolerancia religiosa aún se encontraba escorada hacia el poder de los clérigos de una manera tan desigual que casi todos los libertinos preferían tentarse la cabeza antes de arriesgarla ante el poder político.

Los libertinos eran entonces lo opuesto a los hônettes hommes, aquellos filósofos que, por caricaturizarlos con un simple rasgo, podríamos llamar academicistas, aquellos para quienes la filosofía era un asunto de salón social u ocupación de fin de semana. Frente a ellos, vivían los otros, los libertinos, para quienes la filosofía era un ir despojando de sus velos a la superstición, el miedo y la costumbre (entiéndase por tal la pereza intelectual). Para estos la filosofía era una aventura, en un sentido muy literal y muy metafórico, una apuesta arriesgada, sobre todo porque al negar un principio superior que es la medida de todos los juicios y de todas las acciones, el individuo se veía forzado a decidir, sin apoyaturas externas, cada vez que actuaba si la acción era buena o mala. Así, el común consenso de las gentes desaparecía, al igual que el mundo se fugaba para el libertino que terminaba por encontrarse a solas con su conciencia. La medida de las acciones la encontraba ahora en su propia conciencia.

La tarea era, cuando menos, titánica, y muchos prefirieron no enrolarse en tal barcaza y seguir, por el contrario, en el cómodo buque de la religión institucionalizada. Otros, Giaccommo Casanova entre ellos, prefirieron seguir su conciencia. Así, fue capaz de escribir su monumental biografía, un relato de descubrimiento del placer. Casanova no da a la imprenta sus confesiones para escandalizar. Estas son un ejemplo inmenso de libertad. Se cuenta la vida cuando uno es libre y porque lo es. De otro modo, atenazado por el miedo o alguna otra pasión negativa, nadie se atreve a contarla, o miente como un bellaco. Casanova la cuenta porque es libre, como ya he señalado, y para que sirva de ejemplo a otros hombres. El placer no hay que guardarlo, no tiene sentido si no se comparte, y Casanova lo hace de la manera más fecunda que es posible: proclamando que ha gozado ya sea con mujeres ya sea entre libros.

Montaigne o Casanova descubren que la interioridad, la subjetividad o la conciencia, existe atada solo a uno mismo. Es además un valor mundano, es el espejo en que cada uno se mira al mirar a la sociedad y analizarla y enjuiciarla. La libertad de juicio conlleva que uno analiza a los demás al tiempo que lo hace a sí mismo, sin que medien normas superiores.

La crítica libertina se convierte en un espacio autónomo en la propia conciencia para el sujeto. La ética solo responde al fuero interno, como así ha de ser pues la ética es ajena a las instituciones religiosas o estatales. Persigue esta crítica una sabiduría alegre y sociable, una realización última del placer que no esté mediada ni por imposiciones ni por miedos.

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