Fantasmas

Mi abuelo solía contarme, cuando yo me dejaba caer por su casa, que en el piso de arriba vivía un escritor, pero no uno de esos corrientes que salen en los periódicos. El vecino era un escritor que no podía admitirlo. Su éxito radicaba en que nadie supiera que escribía. Mi abuelo lo llamaba el escritor fantasma. Años después, ya él no estaba, comprendí lo que eso significaba y supe que venía del inglés: ghostwriter. Aquel vecino misterioso, que yo veía cuando bajaba con el perrito de aguas de su mujer a pasear por los jardines de la catedral, en realidad trabajaba para algunos escritores de renombre. Estos vivían en Madrid y de vez en cuando se acercaban por Málaga, sobre todo en verano, para veranear en Torremolinos. El vecino les escribía los artículos que ellos no estaban dispuestos a redactar pero sí a cobrar. También escribió los discursos de más de un prócer local. Tenía maña para la imitación del estilo de los demás, aunque quizás a los políticos fuera él el que se lo dio. En cualquier caso, cuando leí algunos artículos publicados en periódicos, e incluso algunos ensayitos librescos, no fui capaz de distinguir la copia del verdadero. Siempre me quedó la duda de si en esos casos había copia, o si tanto el escritor del escritor público como el de su fantasma eran verdaderos. Al fin y al cabo, algunos de esos escritores públicos lograron una reputación gracias al trabajo de quien vivía encima de la casa de mi abuelo.

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