De la fidelidad de la traducción

Pocas certezas nos quedan. La Posmodernidad ha ido socavando aquellas que la Modernidad nos había dejado. Preguntarnos a estas alturas qué somos o qué es la realidad puede ser tan inútil o melancólico como preguntarse por la existencia de Dios después de que Friedrich Nietzsche pasara, como un tornado, y arrasase las últimas certezas metafísicas.

Después de él, y de manera cada vez más intensa, vivimos en el exilio. Para algunos fue geográfico pues por razones políticas tuvieron que abandonar sus países si querían seguir con vida. Para otros, el exilio fue social, o lingüístico. Siempre he pensado que este último es especialmente doloroso. Hablar varias lenguas es algo enriquecedor por mucho que digan aquellos que pretenden reducir la sociedad a sus mínimas líneas de funcionamiento. Saturar la sociedad de lenguas es, por el contrario, perjudicial. Favorecer unas en detrimento de otras supone una injerencia en la libertad de los hablantes que mal se compadece con la libertad.

Pero nada de esto tienen que ver con el exilio de una lengua. El exilio fue el que vivieron Vladimir Nabokov, Joseph Conrad o Joseph Brodsky. Otros fueron deportados, así, Ósip Mandelstam fue desterrado a los Urales y más tarde a un campo de trabajo a Vladivostok aunque no tuvo que cambiar de lengua.

El exilio, y lo vemos en la vida de Nabokov, es un continuo aprendizaje. Brodsky dice que la mayor enseñanza del exilio es la humildad. Y algo de ello intuyó Nabokov cuando dijo que tuvo que mudarse del palacete bien amueblado que era su lengua materna al apartamento no muy confortable que representaba el inglés para él. Pero el aprendizaje no quedó en esto. Al separarse de su país, Nabokov fue volviéndose más y más vulnerable y frágil, aunque quizás no lo demostrara (pero la sprezzatura de sus obras sí que lo demuestra). Con los años, Nabokov sabe que solo le queda la lengua, pero su lengua cada vez va siendo más fantasmal, un recuerdo lejano que se va disolviendo en la negrura del silencio.

Habría que reflexionar sobre la importancia que tiene el lenguaje como mero sonido. Cuando uno abandona su lengua y la sustituye por otra, en algunos casos tan distinta como pueda ser el inglés comparado con el ruso, el sistema fonético cambia. Cambian las vocales y las consonantes. El hablar continuado en otra lengua nos aleja de los sonidos que aprendimos de pequeños. Esto lo corrobora, por ejemplo, Juan Ramón Jiménez y su intransigente constancia con el español. Algo parecido debió ocurrirle a Nabokov mientras vivía en Estados unidos. Ya en Berlín habría vivido algo similar cuando hablaba en alemán, pero entonces aún no escribía en inglés y seguía relacionándose con exiliados rusos. En Estados Unidos, sin embargo, tuvo lugar la desposesión más intensa. Se entiende entonces que sus traducciones del ruso al inglés pasaran a ser sobre todo literales, porque esta era la mejor forma de ser fiel a los originales rusos. No quería perder el contenido de los poemas a favor de una forma y una música inglesa. No deseaba escribir buenos poemas ingleses que apenas reflejaran lo que eran los poemas de Pushkin, Lermontov, Hodasevich o de Mandelstam.

Nabokov veía cómo su mundo se esfumaba. La realidad desaparecía incluso en el momento en que era aprehendida. De aquí procede su nostalgia y su comprensión elegíaca de la literatura, incluida la traducción. Todo es memoria, recuerdos que desde el instante en que nace van desapareciendo. Al igual que desaparecía el mundo en que se había criado. No es de extraer que considerara la traducción como un ejercicio ético: la fidelidad a los muertos, a aquellos que habían desaparecido en circunstancias ignominiosas.

Se dio cuenta entonces de que ser fiel era ser literal y mantener el espíritu del poema en su contenido y en las transiciones o cambios que hubiera.

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