Sobre el envejecer

“Aquello que él denomina su “vida”, la suma de lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer, determinan lo que aún ayer consideraba su vida, los años que en todo caso todavía le quedan.”

Jean Améry. Revuelta y resignación.

Llega un momento en la vida, que pueden ser los cuarenta o los cincuenta años, pero dudo que pueda ser más tarde, o al menos más tarde la primera vez aunque no una siguiente, en que uno se da cuenta de que ha envejecido. Puede que lleve ya varios años con problemas físicos, dolencias mínimas comparadas con las que esperan a la vuelta de los años, que no son importantes. Lo importante es que de repente uno deja de verse como tiempo potencial y se contempla como tiempo ya vivido. Llega el momento en que la vida ya no guarda más secretos aunque aún esperemos de ella que nos sorprenda. Llega el momento, quizás no entrevisto y por lo mismo no temido ni odiado, en que nos damos cuenta que somos lo que cuando vayamos a morir habremos seguido siendo.

Quizás sea en ese momento cuando la vida pierde ya la tensión con que acostumbrábamos vivirla, quizás caigamos en un movimiento nervioso y sinsentido que nos lleva de un lugar a otro en un último intento desesperado por no perder la juventud, ese mismo que nos hace vestirnos con ropas que ya no son las propias para nosotros, pero que nos permiten seguir idolatrando la juventud. La juventud perdida, ese parece ser el gran lamento. Nadie parece darse cuenta de que lo malo no es la pérdida sino las excrecencias que van adhiriéndose a nuestro ser y que nos van fosilizando hasta que terminamos por ser solo el débil reflejo ya para siempre petrificado de lo que fuimos. En esa incapacidad ya para cambiar o para desmentirnos encontramos lo que es el envejecimiento en una de sus más puras manifestaciones. Todo hombre al final de su vida termina siendo una caricatura de sí mismo. Quizás por ello sería aconsejable eliminar los espejos de su casa una vez que esté a punto de alcanzar dicho estadio.

Perdemos la tensión muscular y la intelectual. Perdemos también las ganas de vivir; el paso de los días es ya solo un ir pasando los días, las horas y los minutos de menara automática, sin pararnos a pensar en las razones por las que vivimos o por las que no tomamos en serio la posibilidad de dejar de vivir. Lo que nos emocionaba nos resulta ahora insustancial y a aquello que siempre rechazamos podemos prestarle una atención que sobrepasa lo meramente protocolario.

Por entonces vamos comprendiendo que el mundo no se derrumbe en medio de una catástrofe, que la propio de esta vida es el progresivo acabamiento, el apagón anunciado largo tiempo, el pequeño gemido de dolor apenas audible y no el ronco grito titánico de quien se resiste a perder.

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