Oblomovismo

Yo también tengo un batín del que no me desprendo en el invierno, aunque quizás no sea tan lujoso como el de Oblómov. He preguntado a varias personas que leyeron la novela hace años y casi todos recuerdan el batín asiático del príncipe de la pereza y la desgana. La literatura rusa del siglo XIX, la gran literatura rusa del XIX, nos ha legado increíbles ficciones, gruesas novelas en las que adentrarnos para descubrir eso que hemos dado en llamar el alma humana. Por ella nos enteramos mejor que por el periodismo de entonces o por la historia que ahora se ha escrito, de las tensiones infiltradas en la sociedad rusa. La literatura no tiene que ser un reflejo de la sociedad, ni ha de dar cuenta de lo que acontece en la sociedad. La literatura tiene a la sociedad como su materia pero luego es autónoma y ajena. Es cierto que la tendencia humana a identificarse con alguien o con un mundo, esa ansia que le lleva a buscar semejantes o sucesos comprensibles, ha favorecido un determinado tipo de literatura, la realista, en concreto, pero olvidan todos, sus detractores y aquellos que la defienden, que toda obra literaria es producto de un ejercicio de abstracción, que viene a ser lo mismo que de desrealización.
En la novela rusa del XIX figura como una de las preocupaciones esenciales el nihilismo. En Dostoievsky, en Tolstoi, en Turgeniev el problema del nihilismo moderno se discute con pasión. En Oblómov también. Oblómov es uno de los epítomes del nihilista moderno, no porque busque destruir la sociedad sino porque su único afán es no hacer nada, ni siquiera tiene afanes. Hay una sutil diferencia entre él y Bartleby, otro nihilista, americano en este caso, aunque él lo sea tan poco en verdad. La de Bartleby es una vida vacía, fuera de la sociedad y ajena a ella. Bartleby ocupa los lugares secretos, oscuros, inferiores por decirlo de algún modo, de la sociedad capitalista. Oblómov, por el contrario, vive en el centro de la sociedad y no quiere exiliarse de ella. Oblómov desdeña cualquier tarea, le horripila tomar decisiones. Quizás en el caso de Bartleby sea fácil establecer una relación entre la oficina o la prisión y el útero materno. En Oblómov no es así. Oblómov no vive en ninguna burbuja, ni parece añorar la vida uterina rodeado del cálido líquido amniótico. Aunque en realidad sí que sea así. Oblómov es un pobre inadaptado cuya educación entre algodones lo ha imposibilitado para la vida. No choca contra lo moderno de la vida que le ha tocado vivir, se estrella contra su voluntad. Si alguien se ocupara de todos sus asuntos, si alguien tomara las decisiones por él, sería el hombre más feliz del mundo.
Hay un poco de Oblómov en casi todos nosotros, aunque apenas comparezca en las personas que desarrollan una gran actividad. Solo en unos pocos hay un Bartleby, porque es una enfermedad moderna, la del nihilismo, que solo algunos padecemos. El oblomovismo es el resultado de una educación, el bartlebismo es una opción. Los nihilistas no han de ser aquellos personajes que no hacen nada. Un nihilista puede desarrollar una gran actividad, a veces incluso frenética, siempre que sea consciente de que no sirve para nada. Aislarse es una opción que no todos tomamos, aunque todos prefiramos no hacer nada. La actividad, a veces, es simplemente una huida, un intento de no pensar y para ello nos ajetreamos en mil y una acciones porque así logramos no pensar en el sinsentido del mundo. La actividad es, también, un intento, casi siempre fallido, de no caer en la melancolía de quien sabe que nada vale la pena.

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