Los límites del arte (II)

Hay un sueño recurrente, acaso una pesadilla, en los libros sobre literatura. No es algo que se diga con claridad, ni siquiera se menciona las más de las veces, pero está ahí, detrás de cada conversación, detrás de cada análisis, la presencia ominosa de quien existe pero podría no existir. El autor aparece siempre detrás de cualquier obra de arte, ya sea escrita o pictórica o fílmica. Le imprime un sentido y la despoja de las posibilidades innumerables que tendría si fuera huérfana.

En pocas palabras, el autor es quien escribe o quien pinta, es el medio a través del cual el arte se hace presente. Pone en ella sus ideas o prejuicios, sus ilusiones, afanes y también una cierta desesperación, pero al mismo tiempo es solo el escriba, dicen algunos. El autor es en el fondo una función más. Conocemos su término final: la obra de arte, pero desconocemos el término del que parte todo. Solemos pensar que comprendemos la obra cuando sabemos algo del autor y su época, de sus fobias y de sus amores, de sus manías y de sus incongruencias. Logramos así hacernos una idea de cómo es el autor, logramos, quizás, calibrar su espesor humano, aunque esto es, sin duda alguna una trampa en la que solemos caer con gran facilidad. Pensar que el autor busca o permite o desarrolla una figura coherente reflejo de sí mismo es caer en el infantilismo. En parte porque hay un elemento subconsciente que no logramos dominar, y a veces ni nos damos cuenta de que está ahí, presente aunque escondido, en todo momento. Pero además el autor suele emplear algunas estrategias de despiste con propósitos más o menos confesables, entre los que se encuentra el deseo de parecer más atractivo humanamente y que así los lectores sientan una atracción en la que de otro modo no pensarían. Pero eso es lo de menos. Importa no olvidar la superficialidad presente en toda relación mediada por relaciones mercantiles.

“Habitaré mi nombre”, escribió Saint John Perse en un largo poema que hablaba del exilio, y hablaba de él desde la densidad de la experiencia (él que había renunciado a su nombre y a su tierra de nacimiento.) El autor es, en literatura, solo una voz, una función que prefieren decir algunos. Fernando Pessoa también habitó en los nombres de sus heterónimos y fue vagando entre identidades y voces, que quizás escuchara dentro de sí por las noches o en las insomnes madrugadas desapacibles cuando aún no ha amanecido. Ha habido siempre un intento por despojar a las personas de aquello que es subjetivo en grado sumo y que solo pertenece a cada una. A Pascal el yo le resultaba odioso, acaso porque para él solo Dios tenía esencia y lo humano no pasaba de existencia contingente. También Spinoza imaginó un hombre constituido por pasiones sociales ( la individualidad es parte de un proceso social). El mismísimo Borges se soñó como otro y dejó escrito la futilidad del individuo.

Pessoa dinamita el yo por concurrencia excesiva de identidades, Saint John-Perse busca solo un nombre (puro lenguaje) para ser, a Borges Pascal y Spinoza le habían enseñado lo que el yo tiene de construcción social, al igual que se lo enseñaron a Michel Foucault.

La obra de arte despojada del autor es un sueño de pureza, el deseo de no querer anclarla en unas circunstancias humanas, que son sociales pero en las que predomina sobre todo lo individual. La obra de arte sin autor sería el reflejo de una época, de una sociedad, la atravesarían las obsesiones de cada momento pero carecería con toda probabilidad del espesor que proporciona la experiencia individual.

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Un comentario en “Los límites del arte (II)

  1. Hola Santiago, he leido con mucha atención tus entradas y ésta me gusta especialmente, aunque aprecio en todas ellas el valor de una voz propia, que no se limita – como en tantos blogs – a ser una mera recopilación de textos de otros, muchos ya muy conocidos. No me gustan los blogs en los que sus autores/as son meros documentalistas.Dicho esto, añado: efectivamente, a pesar de las teorías que mantenían (y mantienen: teoría de la recepción etc.) que el autor no existe, la obra de arte se sostiene siempre por una subjetividad que la sustenta; una experiencia que – aunque no aparezca autobiográficamente en el texto – permea ese subtexto creador que es el yo. Un yo que vive, sueña, sufre, excreta; un yo recorrido, atravesado, por las palabras, que convierten toda experiencia en algo político. Lo personal es político, ya sabes.Y sólo me gustaría añadir que, como dicen los lacanianos, el pulso de la época lo transmite siempre la mujer histérica; la que se mimetiza con el medio, lo absorbe y luego lo recrea en su manifestación. ¿Cuántas escritoras tienen o tenían rasgos histéricos? No tengo respuesta, pero seguro que muchas.Aprovecho para desearte un feliz año y el mejor de los viajes para tu blog. Abrazos.Marisol.

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