Pasajes melancólicos

“El melancólico ve con terror que la tierra recae en un estado meramente natural, no exhala ningún hálito de historia, ningún aura” (Walter Benjamin)

Walter Benjamin recopiló en su imposible Pasajes las huellas de un mundo que iba ya desapareciendo. Paseaba Benjamin y escribía. Quizás en algún momento creyó vivir la vida de Charles Baudelaire en su aventura parisina, aventura auroral para los dos, y para la sociedad decimonónica que ignoró o asistió con estupor al nacimiento de la Modernidad. Amanecía entonces, en la vida de Baudelaire y en los sueños de Benjamin, que venía del Romanticismo alemán. Paseaba Benjamin por las nuevas galerías comerciales que cruzaban París, con sus escaparates llenos de exótica bisutería, con objetos venidos de ultramar o de la negra provincia, y que renacerían en los escaparates.
En algún momento de sus paseos o de su escritura, mientras leía al antimoderno Baudelaire o mientras se dejaba seducir por las chucherías de los escaparates y por los libros de nuevos escritores que hoy son ya clásicos, observaría con toda seguridad cómo los objetos se van ajando. Sería entonces cuando comprendió que el uso es consumo y desgaste. En uno de esos paseos, cuando ya apenas quedara un resto auroral quizás concibió el proyecto de los Pasajes, la arqueología de la vida bullente y acelerada de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se afanó en crear un archivo de todo aquello que ya iba siendo solo rastro.
Cuando he paseado por las galerías, la Galería de la Ópera, por la de Jouffroy o por la de Panoramas, por el París de los grandes Bulevares he notado que queda, sí, un algo que es el signo de un pasado.
Son los pasajes archivos, melancólicos pues ya son solo una simple huella arqueológica. En casa guardo en un pequeño archivador recortes de periódicos y revistas, entradas de cine, algunas fotos y bastantes postales. Son mi vida pasada. También en una estantería reposan, ya casi olvidados, los discos de vinilo. Me recuerdan que hubo un tiempo, que no he nacido ayer, pero eso me entristece porque me hace consciente del tiempo que pasa por mí. A veces no dicen ya nada y el silencio se enseñorea de la casa; otras, apenas es audible lo que nos vienen diciendo durante varios años. Es un mundo detenido aunque no estancado, un mundo que exhibe con orgullo y cierta dejadez coqueta un pasado que se resiste a desaparecer.

(Esto es la respuesta que la sugerente entrada de Casilda García Archilla, archivos melancólicos, me inspiró)

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