La trasparencia

La luz no es color y se abre a la trasparencia. Durante siglos hemos ignorado que la unión de todos los colores los anula, al igual que su ausencia. Blanco absoluto o negro son las dos caras del mismo hecho. El abigarramiento en el lienzo, el exceso de palabras en la página conduce a la negrura por el exceso; la falta conduce a la blancura por defecto. Entre uno y otro punto se esconde la levedad significante de lo justo. Con menos la obra permanece opaca; en el exceso, los posibles significados se atropellan los unos a los otros.
Pocos pintores, pocos escritores entendieron la importancia de la ligereza, en los materiales, en los símbolos, en los trazos y en las texturas. Tendemos a pensar que el misterio es lo mismo que la escasez o que la belleza se encuentra en la acumulación, cuando no pasan de ser un síntoma de la incapacidad para elegir, planear y buscar el significado exacto que no quede oculto ni resulte incomprensible.
En la trasparencia el trazo ha de ser firme. Necesitamos saber de antemano adónde nos dirigimos. En la transparencia el mar parece pesado y el aire flota cayéndose. Quizás sea la trasparencia la luz traspasada por el frío y el silencio: El momento inmóvil.

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