Hombre en un banco

El hombre se mantiene inmóvil y ajeno a la vida que bulle a su alrededor. Lleva varias horas sentado en un banco de una plazoleta algo descuidada de la que ha terminado por ser su ciudad un tanto a su pesar. En su cabeza resuenan repetitivas, pero nunca monótonas, las mismas melodías, ya tan antiguas, tan compañeras de siempre.
Paulatinamente una pregunta pide paso, al principio de manera educada, luego con algo más de fuerza, al final con la furia propia de él. Tanto tiempo ha pasado y tanto, tan poco, hemos cambiado. El hombre cree que lleva allí toda una vida, los árboles pierden sus hojas y recuperan los brotes con velocidad vertiginosa. La gente camina atareada, los niños juegan, desaparecen y los reemplazan otros adultos con nuevos niños. Algunos perros husmean los pies de los setos y los árboles, pierden el pelaje que les vuelve a crecer, aumentan en número mientras disminuye el de los niños. Nada oye que no sean las melodías de siempre.
De repente se hace el silencio. La escena se congela. El hombre se levanta, recoge los pocos bártulos que le acompañan y, como ajeno, sin entender nada, se marcha dejando solo el rastro fugaz de su espalda empequeñeciéndose.

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