El cuerpo y lo grotesco

El cuerpo ha sido el lugar privilegiado en el que mostrar lo grotesco. El cuerpo deforme, el tatuado, el cuerpo tranformado en su más amplio sentido, el autómata o el ciberorganismo, que son dos extensiones del cuerpo, una premoderna y postmoderna la otra, son representaciones grotescas que se levantan como contestación a la norma clásica porque no siempre el mundo se ajusta a los parámetros clásicos.
El cuerpo humano lo ha sido todo: escenario gozoso, laberinto, enigma o pesadilla. Ha sido también representación artística cambiante a lo largo de los siglos. En nuestra época los avances en informática y en genética abren nuevos horizontes a unas mutaciones que ya imaginamos en el siglo XIX.
El monstruo de Frankenstein, que Mary Shelley imaginó, es uno de los primeros cuerpos creados por el hombre de manera un tanto primitiva porque la anatomía, la electricidad y la biología aún se hallaban en un estadio muy temprano de su evolución. Fascinan en la novela las clases de anatomía a las que Frankenstein asiste, el laboratorio que ha construido en la torre. Fascina, también, el monstruo, liberado de las cadenas del automatismo que pensó la esencia humana en los siglos XVII y XVIII en los escritos de Baruch de Spinoza, Blaise Pascal o Julian Offrie de la Méttrie. Las teoría de Jean- Jacques Rousseau, junto con los avances en biología (y tengo la intuición de que las unas no se pueden entender sin las otras), le ofrecen a Mary Shelley una variación del tema del autómata. Lo que en Frankenstein fue exploración de caminos distintos y sentidos nuevos, luego se convirtió en banalidad, bien señalada en las excesivas (por cantidad y ejecución) adaptaciones cinematográficas que vinieron después de la de John Whale (1931).
Con el tiempo vinieron los robots, y después de ellos, los ciberorganismos. El primero es señal de aquello que le falta al hombre. Es el autómata entendido como la culminación del rigor inhumano bajo una apariencia humana. Un robot no tiene sentimientos, no le asalta el miedo ni la alegría; es incapaz, entonces, de errar en sus cálculos. La vida del robot: acero y cables, se define por la ausencia de todo aquello que es humano: emociones y errores. El robot de Metrópolis (1927) de Fritz Lang, o el de 2001, una odisea del espacio () de Stanley Kubrick son lo mismo, y lo único que cambia es la presencia o ausencia de cuerpo, pues Hal es simplemente una voz que oímos y una serie de circuitos integrados que vemos en algún momento. María, de Metrópolis, posee un cuerpo, mecánico y artificial por mucho que intente aparentar humanidad (dentro de la estética futurista en que se rueda la película).

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